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La Escuela. Un recuerdo

por Alejandro Abadía París



  


Cuando uno escribe sobre la escuela siempre surge el recuerdo. Por eso hay que escribir en primera persona. Es inevitable. Y la evocación más reincidente que guardo en el subconsciente de la escuela de Samper de Calanda fue la impresión que me produjo al entrar aquél día de septiembre de mil novecientos cincuenta y «algo», en el aula de los mayores; el día que abandonamos a los pequeños. Era un momento esperado; y no tenía muchos años, pero el entrar en aquella aula me marcó; porque aquello era la escuela. Un lugar donde media docena de mesas se agolpaban alineadas para seis o más alumnos que nos acogían sobre bancos alargados posicionándonos unos frente a los otros, como si fuéramos a competir.

   El aula era grande. En el fondo, por delante de dos grandes ventanales que dejaban entrar el sol de la tarde, una tarima elevaba al maestro que dirigía la clase y, presidiendo, tres retratos de políticos jalonando un crucifijo, imagino hueco, de hierro.


DÉCADA DE 1920: Grupo de párvulos de Dª María Sonsona, en la escuela de la Nevería.

   Recuerdo que en las paredes que daban al norte se alineaban dos encerados, largos, pintados de negro para los ejercicios de la tiza. Y un ábaco. Y un mapa grande de colores perpetuos dividido en provincias; una estufa de leña con un balde de aluminio que hacía de leñero y un pozal con agua sucia donde limpiábamos las plumillas dando al agua unos tonos ocres, azules o verdosos, dependiendo de lo que allí depositabas, y que ocupaba el lado que se orientaba con el oeste.

   En un rincón de la clase se levantaba pomposa una vitrina repleta de piezas arqueológicas, encontradas en las canteras de las Mil Rocas, Pompeya o en el Montecico: terra sigillata y campaniense; cerámicas íberas y romanas de yacimientos locales donde, acompañados por aquél maestro, se recogían y estudiaban; también recuerdo un hacha de piedra pulimentada que alimentaba mi vocación hacia la prehistoria y la arqueología, aunque yo estaba llamado para generacionar.

  No me llevarían a estudiar. Me quedaría. Las casas samperinas querían que sus hijos generacionaran, y no estudiaran. El hijo era el poder de la casa. Y, así, la escuela de los mayores era el «sero sampientia» dentro de la cultura del pueblo. El último peldaño para aprender. Sólo los hijos excedentes, los que no podían o no querían generacionar, saldrían a colegios de fuera buscando otros horizontes y alcanzar titulaciones. La escuela de los mayores era el último eslabón de aprendizaje para los que iban a quedarse.

   Pero ajenos a nuestro futuro, aquel día nos incorporábamos con los mayores a los que admiraba, porque en la escuela de los mayores estaban los más listos y mejor preparados. Tenían varios años más que nosotros, y era ilusionante poder convivir con ellos un tiempo. Aquella era la clase donde venían los inspectores desde Teruel a revisar nuestro aprendizaje o el cabildo a preguntarnos sobre las diversas materias; era el lugar donde se concedían diplomas con calificaciones diversas y donde salían los destinados a crecer en conocimientos preparando una carrera que los llevaran a ejercerla, la mayoría por vía del seminario, primero a Alcorisa y después a Zaragoza; aunque algunas familias pudientes los llevaban ya a colegios de pago a la ciudad.

  Ésta, recuerdo que nos dijeron con orgullo, era la escuela donde había impartido docencia D. Teodoro Causi Casaus, que en 1916 con el título «El hombre sólo se hace hombre mediante la comunidad humana», que giraba sobre la «Fun ción social de la escuela y del maestro según las doctrinas sustentadas por Joaquín Costa en sus obras y sus discursos», figuraba impreso su nombre en un lugar preferente por haber conseguido el primer premio en el concurso que, Heraldo de Aragón había dirigido a los maestros aragoneses. Con el tiempo pude leer el trabajo. Se publicó en el periódico el 9 de mayo de 1916, y todavía guardo el recorte de prensa. Era un orgullo pertenecer a esta aula donde maestros como don Vicente Escuin D. Arsenio Clemente o D. Julio López, dejarían también su impronta.

   Y el recuerdo siempre vivo del recreo, claro, porque aquel lugar era algo mágico; era aquel espacio en el que con dos piedras se simulaban los límites de unas porterías imaginarias para jugar al fútbol; un lugar cerrado, donde las pare-des altas ayudaban a disputar el «marro»; suficientes en amplitud para los juegos del «churro» y los saltos del «moro».

   Los chicos estábamos separados de las chicas en la escuela. Ellas la tenían en la plaza de la Villa. Don León Cappa había trasladado en 1868, el viejo ayuntamiento que nacía en la calle Mayor, a la Placica; y a aquel edificio, de siglos de interminables concejos, le tabicó aquella lonja donde tantas ferias se realizaron, donde el juego de las chapas tanto divirtieron a nuestros abuelos; un lugar que cobijaba a los lugareños que por allí pasaban hacia la iglesia del barrio de San Valero en los días de lluvia, y lo convirtió en escuelas. Se tiraron los tabiques de lo que eran oficinas y los salones de los cabildos; y se trasladaron los archivos de los miradores para convertir todo el edificio en tres aulas para las niñas. Un lugar vedado para nosotros, presidido por la Virgen Inmaculada que es lo que más recuerdo de haber visto, en la década de la otra centuria: en la de 1950.


DÉCADA DE 1920: Grupo de la escuela de niñas, en la plaza de la Villa de Samper de Calanda.

   La lonja de la plaza de la villa que se perdía, por su conversión en escuela, había sido también un refugio de la juventud samperina en los días de frío y nieve, pero siempre se tuvo la esperanza de recuperarla algún día. Pero cuando se cambió la ubicación, años más tarde, y el edificio fue vendido, la antañona lonja samperina, escondida entre ladrillos, allí volvió a aquedarse encerrada y, tal vez, para siempre.

   La construcción de la escuela de los chicos, me contaban mis mayores, también fue a costa de sacrificar un antiguo nevero. Un lugar donde se guardaba la nieve y que se taponó para que el lugar sirviera de escuelas; pero de esto hacía muchos años. Madoz, que visitó la villa en la década de 1850, nos cuenta que en la localidad había dos escuelas una de niños concurrida por 110 alumnos y otra de niñas con 70 alumnas; pero no dice dónde estaban ubicadas. Hoy, el nevero sigue siendo un pozo fantasma del que sólo el nombre de la calle lo recuerda.

  En el plano humano la escuela de la época nos mostraba momentos populares, arraigados a nuestras tradiciones. Y se manifestaban a la salida de clase del edificio de la Nevería en tiempo de Cuaresma. Aquello era todo un espectáculo: Las bolsas de cuero, pocas donde se guardaban los libros, u otras de trapo, muchas, que guardaban el material escolar, servían de improvisados tambores y bombos en la calle, haciéndose oír los golpes apagados de los libros y el resonar, más vivo, de los plumieres de madera agitados por el vibrar en su interior de los lápices y pinturines, por el Altero. Rapazuelos enredadores que portando pantalones con culeras, sujetos a duras penas por tirantes deshilachados, chupadas las puntas rotas para que sirvieran de sujeción a los botones dando vueltas los hilachos en su entorno, que se desprendían tras lo juegos del recreo, junto con la imagen de las alpargatas rotas, enseñando los dedos por la parte delantera, parecían convertirse de pronto en pequeños melindres en movimiento, como personajes sacados del teatro de guiñol en los días de feria. Seguían siendo tiempos de la posguerra.

   Rodillas ensangrentadas, siempre por el fútbol y las bolicas, por el pedregoso recreo, pero que eran nuestros deportes favoritos, junto con las trompas. No se trata de hacer cánones, no; sólo es cuestión de reseñar que eran los juegos de los chicos aprendidos en el recreo de la escuela. Los de las chicas eran el corro y al tejete y tenían otra asignatura: hacer labores.

   Nadie nos decía que había reglas en los juegos. La única regla era la del maestro que empuñaba y castigaba a los revoltosos que no estudiaban y despistaban a los demás.
   Era la conciencia del niño la que se ponía a prueba, que coincidía con el respeto al maestro y su destino. En mis tiempos en la escuela había orden desde que se entraba a las clases, formando filas se rezaba una oración y se izaba una bandera a la que nadie vilipendiaba.

   Y así, uno no puede evitar elevar un recuerdo a aquellos maestros cuya sola presencia bastaba para imponer disciplina a toda una clase que rebasaba los cuarenta miembros; porque allí no había una docencia con muchos libros especializados, sino un solo libro que había que darle muchas vueltas hasta aprenderlo. Un libro que se heredaba de los mayores conteniendo en un solo volumen geografía, historia, matemáticas, religión... Y aquellos maestros eran doctos en lo suyo, con vocación inmensa.

   Las normas se aceptaban por las buenas o por el palo. Los maestros eran para nosotros a la vez: sabios y severos. Postura hoy impensable lo de la «letra con sangre entra». Al maestro de hoy le costaría más de un problema aquellas formas de proceder.

   Tengo una anécdota en este ámbito de la escuela: Alguien, no recuerdo quién, pero seguro que era uno de los mayores, le filtró al Antonio de que la regla de madera de castigo del maestro, un artilugio fino con un lado recortado para cogerla mejor, se rompía cuando te golpeaba en la mano si está anteriormente se untaba con ajo. Y el Antonio un día quiso comprobarlo provocando el castigo, que no le tardó en llegar. Se había ungido la mano con ajo, y la expectación fue máxima cuando pasaba por entre las mesas a «aparar la mano». Su risa de complicidad era contagiosa cuando se acercaba ufano con aquello de «se va a enterar». Y se enteró él, cuando volvía a su sitio con las manos encogidas, entrecruzadas, protegiéndolas en las axilas y musitando algo entre lenguas. Seguro que se acordaba de alguien, y es que le regla no se rompió.

   Acaso, un observador inducido en las modernas tendencias, teniendo en cuenta la aridez de una población aferrada a sus tradiciones no hubiera entendido lo que aquí estaba pasando. Pero la villa tenía la dicha de no contar con tales observadores, y sólo los maestros de escuela poseían las razones suficientes para generar la ruptura. Aquí se podía subsistir y ser culto sin conocer siquiera las farragosas nociones platónicas o las bellas doctrinas orientales. Aquí la vida era reposada; las familias sólidas y hasta felices, y toda la existencia estaba impregnada de ese hálito de causa vieja que exhalan las villas cerradas que sólo admitía dos alternativas: quedarse o salir a estudiar fuera. Y las decisiones finales las marcaba la valía del alumno, la necesidad de los padres o la situación económica de los mismos. Y el termómetro era la escuela de los mayores. Por eso el entrar en esta aula era algo especial. Y nuestros sueños se cumplían o se romperían dependiendo de estos factores. Y a algunos nos tocó muy jóvenes el que decidieran por nosotros.

   Y es que los habitantes del municipio eran felices aquí, despreocupándose de lo que ocurría fuera. Es cierto que algunos, muchos, habían dejado la tierra por el ferrocarril o las minas; y sus hijos seguían acercándose al párroco en la calle para besarle la mano o para darle las buenas tardes al maestro. Era una muestra de cariño y de respeto. De subordinación a los que dirigían la vida espiritual y cultural del pueblo. Pero el deseo más ferviente de los padres es el que sus hijos se educaran en el respeto, adquiriendo al mismo tiempo una preparación suficiente que les hicieran capaces de mantener la casa. De perpetuar la casta. Máxima ambición de este villorrio viejo, anclado en unas tradiciones, tal vez, inamovible de siglos.

   Desgraciadamente, para los que nos quedamos, como para los que se fueron, el ideal no pasaba más que por ser un bello sueño truncado mirando al futuro por la igualdad establecida de las particiones patrimoniales. Los que se quedaron, sólo con grandes esfuerzos lograban pasar de los estudios primarios. Había que ir al campo, al taller o al mostrador del comercio. Era la lucha por mantener la casa o por crear otra fuera. Y la figura del maestro se agigantaba en la hora de tomar decisiones para que sus alumnos no perdieran sus oportunidades dependiendo de sus aptitudes.

   Recordar a algún maestro es pensar en D.ª María Sonsona, una mujer que llevó tres generaciones y a la que en 1985 le dediqué uno de mis libros. Fue nuestra maestra de párvulos, pero también lo fue de nuestros padres; o al matrimonio formado por D. Vicente Escuín y doña Rosa, aunque personalmente mi maestro fue D. Arsenio Clemente, un hombre al que un día habrá que recordar de forma más particular.

   Fueron, la mayor parte, aquellos maestros rurales que un día tuvieron la dicha de dirigir la clase de los mayores, en Samper de Calanda.



Pastora y Leona - Las caballerias superadas por los tractores

Por Miguel Gracia Fandos

CAPITULO IX
DON ARTURO, EL VETERINARIO


Con la vida que llevaban las caballerías no es de extrañar que envejeciesen rápidamente y que tuviesen problemas de artrosis cuando se les acumulaban los años de trabajo. Eso si llegaban a viejas, porque todo lo que vive puede morir en cualquier momento y las caballerías también estaban sujetas a enfermedades y accidentes que pudieran inutilizarlas para el trabajo.
Aquél mismo verano, poco después de terminada la cosecha, mi padre notó que la Leona que siempre estaba alegre y dispuesta para el trabajo, estaba triste y no comía. Al día siguiente estaba peor, tenía una quijada hinchada que le deformaba toda la cabeza. Su aspecto era realmente preocupante. Había que avisar a D. Arturo, el veterinario.
Las caballerías solían estar igualadas, esto es, se pagaba una cantidad al veterinario por cada animal a cambio del servicio del veterinario cuando hiciera falta. Muy pronto vino D. Arturo. Al examinar la caballería vio una pequeña herida infectada detrás de la boca de la mula, y aunque la inflamación estaba en la parte alta de la quijada, identificó esa herida como origen del problema. Le puso una inyección y no se que más tratamiento. No ocultó la gravedad de la infección, pero en ningún momento dio por perdida la caballería. Al día siguiente volvería y veríamos como evolucionaba el animal.
      La Leona no mejoraba, ya ni siquiera podía levantarse, tampoco comía nada y  parecía empeorar a ojos vistas. La inflamación de la quijada le deformaba la cabeza entera. Impresionaba verla tendida en el suelo respirando fatigosamente e incapaz de levantarse.
      Don Arturo venía todas las mañanas, le ponía una inyección y observaba la evolución de la mula con gesto preocupado.
      Aquellos días las visitas a la cuadra eran muy frecuentes para ver la evolución de la caballería.
      -¿Cómo está la mula?-.
      - Igual, no mejora-. Eran la pregunta y la respuesta que tanto se repitieron aquellos días en los que se deseaba ver a la Leona mejorada, pero se temía encontrarla muerta.
      ¿Sería verdad que se iba a morir la Leona? La mula, tendida en el suelo, respiraba muy fatigosamente. Su caótica respiración y su mirada triste, recordaban los peores momentos de la subida Val Primera. Debía tener mucha fiebre... Si las caballerías también tienen pesadillas cuando tienen mucha fiebre, la Leona muy bien podía creerse teniendo que subir una interminable cuesta Val Primera arrastrando una enorme carga. ¡Pobre Leona, sin poder subir la cuesta y sin poder dejar de intentarlo! A saber si las palmadas que le dábamos no le parecían latigazos de un labrador cruel.

      Mi padre se preocupaba de tuviese el mejor forraje al alcance de su boca, pero la mula siempre lo ignoraba. También le llevábamos agua y le levantábamos la cabeza para que pudiese abrevar. A veces bebía algo con desgana.
Para mi padre la muerte prematura de una caballería tampoco hubiera sido ninguna novedad. Cuenta que siendo niño, “antes de la guerra”, a su padre ya se le murieron repentinamente algunas caballerías. Entonces la muerte prematura de una caballería suponía un gran quebranto económico, lo mismo que si hoy, por accidente u otra causa, un agricultor tuviera que comprar un tractor nuevo sin tener amortizado el anterior.
      Aquellos días, las faenas del campo recayeron exclusivamente sobre la  Pastora, que tuvo que volver a ser, ahora en solitario, la mula de varas, categoría que años antes había cedido a la voluntaria Leona.
A Don Arturo, el veterinario, se le podía ver todas las mañanas cuando iba a ver a los animales que tenía que atender. Con su traje, su sombrero y su cartera era inconfundible. Aquellos días, a media mañana, pasaba a atender a la Leona. El tercer o cuarto día, la mula, después de días de fiebre y sin comer, ya tenía pocas carnes que perder. Tenía la quijada especialmente hinchada y D. Arturo decidió abrir la inflamación. Me sorprendió ver a D. Arturo con aquella ropa de trabajo y me sorprendió sobre todo la pericia con la que el veterinario actuaba. Mandó que se le levantase la cabeza de la mula y poner un cubo debajo de la quijada del animal. Cuando estuvo listo rajó la piel por donde más evidente era la inflamación. Por mis pocos años, estaba viendo la operación desde cierta distancia. Confieso que durante un momento aparté la vista por no poder soportar lo que veía. Por el corte que había hecho D. Arturo empezó a manar una enorme cantidad de pus. Se habían reunido varios hombres, parientes y vecinos,  por si era necesario sujetar a la mula mientras duraba la operación, pero cuando la Leona quiso protestar apenas pudo mover convulsivamente las patas y la cabeza que le mantenían en alto. El veterinario, con decisión y habilidad, abrió la piel por donde hizo falta, exprimió el pus de la inflamación, limpió la enorme herida, echó unos polvos blancos y  cosió parte de la piel que había abierto.
- ¡Con razón se dice tener mal para una caballería!-. Dijo el veterinario mientras se lavaba. Al día siguiente volvería a ver cómo tenía la herida la mula. Don Arturo parecía más optimista.
Después de marcharse el veterinario la Leona estaba extraña, ya sin inflamación, pero con una gran cicatriz en la quijada. Su aspecto era desolador, aunque su respiración era más profunda y regular que antes, como si se sintiese aliviada.
      Al día siguiente, ¡Quién lo iba a decir!, el forraje que todos los días se le dejaba al alcance de su boca, había desaparecido, ¡se lo había comido!. La mula había mejorado. Cuando vino D. Arturo, antes de ver a la mula ya percibió en nuestras caras que había mejorado. El veterinario le limpió la herida y , contentos todos, también se hablaron de otros temas48. Don  Arturo recibía todos los días “EL NOTICIERO”, periódico en el que aparecía un listado de alumnos que habían obtenido becas para estudiar. En casa tenían interés en saber si  aparecía un nombre en esos listados.
La Leona empezó a demostrar apetito y en uno o dos días ya tuvo fuerzas para levantarse. Estaba famélica e insegura sobre sus patas, pero a los que la habíamos visto enferma días antes nos parecía pero que muy mejorada.
   
      El veterinario venía todas las mañanas y le limpiaba la herida de la quijada para que cicatrizase bien. Era problemático porque cuando la mula comía, la cicatriz se movía y la mula estaba muy hambrienta. Días más tarde, de la cicatriz le empezó a salir un hilillo de agua cuando la Leona comía. A D. Arturo no pareció preocuparle, si acaso, tener cuidado de que pudiese abrevar con frecuencia.
      La Leona ya iba al campo. Voluntariosa como siempre ya se atrevía con alguna faena suave. Días más tarde el hilillo de agua dejó de salir cuando la mula “pagentaba” o comía en el pesebre. La cicatriz ya casi no se le notaba y la Leona volvió a ser la mula entregada y fuerte de siempre.
      Cuando la mula estuvo recuperada D. Arturo dejó de venir por casa. Días más tarde llamó a la puerta, traía buenas noticias. De la cartera sacó un ejemplar del periódico y, efectivamente, allí estaba el nombre que estaban esperando ver publicado.
      La satisfacción de ver a la Leona recuperada no impedía ver que las caballerías no tenían ningún futuro en la agricultura. Las caballerías eran cosa del pasado. Ya no había herrerías en las que ponerles  unas buenas herraduras, ni guarnicionerías en las que reparar los aparejos. Las caballerías eran cosas del pasado como el segar a falz, como las espigadoras, como el trillar en la era, como los Mases del monte. El pan ya no se hacía masando harina en casa y cociéndolo en el horno. Las viñas y los olivos ya no se estimaban como antes. Hasta la Feria de Híjar había dejado de celebrarse. ¡Con lo que había sido la Feria de Híjar!

Aparejando las caballerías. Archivo fotográfico del CEBM

>> CAPÍTULO X

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CITAS:

48 No se si será la profesión de veterinario o las personas que la ejercen, pero he comprobado que con un veterinario se puede empezar hablando de animales y se puede terminar hablando de cualquier tema, divino o humano.

Pastora y Leona - Las caballerias superadas por los tractores

Por Miguel Gracia Fandos

CAPÍTULO X
EL PAN PAN, EL VINO VINO Y OTRAS COSAS DEL PASADO


      Fue un día de San José. El día de San José era una solemnidad en casa de mi abuelo, aquél día comímos todos allí. En la sobremesa, mientras los primos estábamos jugando por la casa, las conversaciones de los mayores subieron algo de tono. Estaban hablando de los campos, de las cosechas...
      -¡Tu, como los rojos49, la tierra para el que la trabaja!-. Le dijo un pariente a mi padre.
      -¡Pues el que tenga tierra, que la trabaje!-. Contestó mi padre. 
      Este recuerdo me lleva a algunas consideraciones; una es que entre allegados, las relaciones no se rompen por lo que se dicen, sino por lo que se callan; otra, que puesto a plantear utopías, quizá resultara más deseable la segunda afirmación.
      Viene esto a cuento, además de señalar las diferentes sensibilidades que se iban gestando en una sociedad que cada vez necesitaba menos labradores, porque hasta nuestros días llamar “al pan pan, y al vino vino” es el equivalente a decir las cosas claras, es también la negación de cualquier engaño o fraude.
      Pan, vino y aceite. Tres productos base de nuestro sustento y los tres sacralizados en la liturgia de la Iglesia.
      Bueno será saber lo que costaba el pan y ver cómo con la mecanización de la agricultura ha evolucionado no sólo los cultivos tradicionales, sino la sociedad en general, hasta llegar a verdades menos rotundas… y hasta autoengaños, que no se podían permitir cuando el coste de la inapelable certeza del pan pan, y el vino vino,  era también sinónimo de pocas ligerezas.

EL PAN
LO QUE CUESTA HACER EL PAN

“Era muchismo trabajo. mu duro, porque pa comete el pan había que sembrar el trigo, verdad, ir a segalo, ir a trillalo, ir a aventar, ir a entrar paja al pajar, guardarla pa los animales y después lo lleva el trigo al molino pa que lo muelgan pa que salga la harina, también a porgar, a porgar. Después a masar, a masar pa que salga güen pan. Al horno también. Muchismo pa un zoquete pan que te comías. Que ahora vas a compralo y ya está.”50
                                                           
El pan, aunque desde hace tiempo puede parecer un alimento elemental, básico e incompleto que en muchos casos por indicación médica hay que disminuir en  nuestra dieta, ha sido en nuestra cultura el alimento por antonomasia. El pan ha sido la negación del hambre, si observamos los cambios que ha habido alrededor del pan en las últimas décadas podremos entender muchos de los cambios habidos en la sociedad en ese tiempo.

      Mi tío Paulino, que conoció aquellos años de la posguerra y sabe lo que el pan vale, independientemente de lo que cueste en cada momento, me explica con datos que hasta 1960 aproximadamente, o lo que es lo mismo, hasta la llegada de la mecanización a la agricultura,  un kilo de trigo valía lo mismo que un kilo de pan. Actualmente, un labrador tiene que vender más de 10 kg. de trigo para poder comprar un kilo de pan.
Las equivalencias en el proceso que había que seguir para transformar un kilo de trigo en pan eran las siguientes:
-   De 100 kg. de trigo se obtenían 76 kg. de harina y 24 kg. de salvado, de los cuales16 kg. eran de tástara y 8 kg de menudillo o tastarilla. El salvado tenía un valor considerable como pienso para los animales, y con el valor del salvado se podía pagar lo que costaba moler el trigo y cocer el pan. Y aún sobraba algo, añade mi tío.
-    De 100 kg. de harina de trigo se obtenían 125 kg. de pan.
   
Feria de caballerías de Híjar, años 40. Archivo Ino Mosso

      El mejor trigo para hacer pan era el de tierras fuertes, de la “Tierra Baja”51. Otras zonas del término municipal de Samper de Calanda como el “Saso” o “Las Valles”, de textura más arenosa, en años de lluvias escasas podían producir más cosecha, pero su calidad a la hora de hacer pan no era comparable.
       El trigo se molía entonces en aquellos molinos de piedra que eran movidos por la energía que se obtenía en un salto de agua. El molinero cobraba en especie, la maquila, que podía ser hasta el 20 por cien del grano molido. El molinero entregaba la tástara52 de la harina, aunque el menudillo estaba con la harina, por lo que antes de amasar la harina para hacer el pan era necesario cernirla.
      Por entonces, cada 10 días aproximadamente, en cada casa se amasaba la harina para hacer el pan que se había de consumir.
      Por la mañana, a la hora que previamente había designado el hornero, se llevaba la masa al horno. Había unas cestas de mimbre pequeñas, en las que se llevaba la masa envuelta en un lienzo. En el horno se “adelgazaba” la masa, esto es, se apartaban porciones de la misma que habían de constituir cada pieza de pan. Como en cada hornada se solían cocer panes de varias casas, se hacía una señal que permitiese conocer después los panes de cada una.
  Después de sacar el pan del horno, había que pagar al hornero y la poya, lo que se pagaba en especie53. La poya era la leña que se necesitaba quemar en el horno para poder cocer el pan. El Poyero era alguien que se comprometía a tener leña preparada para el horno y cobraba en pan. Otros, de vez en cuando también llevaban leña al horno a cambio de pan. Pero de la leña, que ha sido tan importante en el mundo de nuestros antepasados hablaremos a continuación.
      Una vez cocido el pan se llevaba a casa. Aquél pan duraría de 7 a 10 días.
También se podían hacer fideos pasando la masa por un molde con agujeros finos y enfriando los hilos de masa con un abanico para que no volvieran a pegarse.
En casos de fiestas señaladas como la Pascua o celebración de alguna boda, que entonces se celebraban en las casas, se amasaba para hacer tortas y repostería. En esos casos la harina se cernía con un cedazo especialmente fino que sólo dejaba pasar la  flor de la harina.
      En este contexto estaba plenamente asumido que la maldición bíblica  de “comerás el pan con el sudor de tu rostro,”54 podía ser mucho peor: que después de sudar no hubiese pan.  Empezar cada pan implicaba cierta ceremonia. Lo solía empezar el hombre de la casa, aquél que tenía especial responsabilidad para que no faltara el pan en la mesa. En muchas casas era costumbre hacer con el cuchillo la señal de la cruz en el pan, para dar gracias a Dios por ese pan y para pedirle que, aunque hubiera que ganarlo con sudor, no faltara en el futuro.
      Son muchos los refranes que nos han llegado hasta hoy aunque, como en casi todo, algunos han dejado de tener sentido para los jóvenes: “las penas con pan son menos”; “el pan tierno y la leña verde la casa pierden”; “dame pan y dime tonto”; “contigo, pan y cebolla”; “a buen hambre no hay pan duro”, etc.
      Si el pan se secaba demasiado, no era motivo para que lo que tanto trabajo había costado se perdiera. Había especialidades culinarias muy socorridas para las que ese pan, bueno y seco, era la mejor materia prima imaginable: las migas, las sopas de ajo o el pan rallado.
      En fin, ¡Qué grande ha tenido que ser el cambio para que lo que hoy llamamos pan integral, fuera conocido como pan negro!

      LA   LEÑA
     
      El control del fuego, y por lo tanto el control del calor y de la energía que produce,  ha sido el descubrimiento más importante de la humanidad. En el ámbito doméstico, el fuego ha sido (y es) necesario para cocinar los alimentos, para cocer el pan y para calentar e iluminar un hogar. En sus aplicaciones tecnológicas es necesario para la cocción de los útiles más elementales de cerámica, y la base sobre la que se ha podido sustentar el progreso tecnológico más avanzado. La agresión a los bosques ha sido una de las constantes de la civilización. La necesidad de madera para la construcción de edificios (y de barcos), de leña tanto para uso doméstico, para los hornos de pan cocer y para usos industriales, desde hornos de cerámica hasta procesos metalúrgicos, han supuesto el consumo de tan grandes cantidades de leña que no siempre, mi muchísimo menos, han permitido que los bosques se regeneren.
      Tan importante ha sido el fuego que, en la Edad Media, los censos de población de un territorio se denominaban “fogajes” y se hacían contando los fuegos que había en cada lugar (familias). A partir del número de fuegos que por tener que cocinar en ellos tenían que mantenerse permanentemente encendidos, se calculaba la población, que era la manera más directa de valorar la riqueza de un territorio.
      El hogar, que en principio era el lugar destinado a mantener encendido el fuego en las casas ha sido el centro de la convivencia. Tanto es así que hoy “hogar” es sinónimo de vivienda, de domicilio, y sobre todo en las ciudades, muchos tienen su hogar en pisos en los que no hay y no puede haber un lugar en los que encender fuego.
      La leña ha sido hasta bien entrado el siglo XX el principal y casi único combustible con el que alimentar el tan necesario fuego. La leña ha sido un factor de desarrollo, una riqueza muy importante para nuestros antepasados, un recurso natural y renovable que ha habido que administrar con mucho cuidado.
      Los árboles, aunque no fuesen frutales, eran una fuente de leña y por lo tanto una riqueza muy estimada que había de ser cuidada. La leña de mejor calidad era la de olivo. Los olivos han sido  en estas tierras resecas las únicas plantaciones arbóreas (junto con la vid) que han podido cultivarse en estos secanos. Los “impeltes”55  que decimos en esta tierra, no solamente eran valiosos por las olivas que producían. Cada 3 ó 4 años había que “remoldarlos”56 y el rosigo57 era aprovechado por los animales de corral. Las ramas eran muy valiosas como leña.
      En la ribera del río había unas alamedas entre el cauce del río y los campos cultivados. Esos chopos han tenido la función de proteger los terrenos de cultivo de las avenidas del río y también tenían un gran valor por la leña que producían58. Los “chopos cabeceros” han sido una forma de aprovechamiento renovable de aquellos árboles que además de proteger el terreno de las avenidas del río, ofrecían   hojas que se podían aprovechar como alimento del ganado, leña, y hasta madera para la construcción si se dejaba que aquellos troncos alcanzasen el tamaño adecuado. Este aprovechamiento tan integral y renovable se conseguía sin necesidad de talar el árbol. Para hacer un chopo cabecero se cortaba el tronco del chopo a 2 ó 3 metros de altura. En la primavera siguiente de la parte más alta, la cabeza, salían varios botes muy vigorosos. Cuando esos brotes alcanzaban el tamaño adecuado se cortaban y volvían a salir otros, con lo que el tronco base y la cabeza se ensanchaban cada vez más. Las transformaciones que ha habido en las riberas de las partes bajas de los ríos ya no nos permiten ver esta forma de aprovechamiento de los chopos, pero en la parte alta de estos mismos ríos se pueden ver muchos de estos chopos cabeceros por los propias riberas y por las ramblas y barrancos. Esta leña de ribera era de crecimiento más rápido, pero de peor calidad que la de  monte. “Con leña de río, frío” se decía entonces.
      En estos tiempos basta con darle a un interruptor para tener el calor que se quiera, sin acopio de leña, sin ceniza. En otras partes, las secuelas de las guerras se alían con fenómenos naturales como sequías provocando grandes emigraciones de gente. En esos desastres humanitarios,  a veces llegan alimentos desde el primer mundo. En algunos reportajes bien hechos se alude a la necesidad de leña, la única energía que tienen para cocinar esos alimentos, y no falta quién aluda también a los desastres ecológicos que por necesidad de leña concentrada en tan poco espacio, implican también esos desastres humanitarios.
   
      LA VID  Y EL OLIVO
   
      La vid había tenido un momento crítico a finales del siglo XIX con la filoxera. Se llegó a temer por la pervivencia de este cultivo. Se tardó en encontrar una solución al problema que afectaba a las raíces de las vides, injertando vid europea sobre plantones de vid americana resistente a la filoxera. Se tardó, y hubo que renovar todas las plantaciones de vid europeas, pero la solución fue muy efectiva. En esta comarca la vid estaba menos extendida que en otras, y el problema de la filoxera se capeó de mejor manera.
      En aquellos tiempos del “guerra tengamos, pero no la conozcamos” también se dijo “A real el cántaro, jadas de plata para cavar la viña59
      En estas tierras tan secas la producción no podía ser muy abundante, pero el vino era de muchos grados de alcohol. Buen vino cuando el vino más que beberlo con la comida, se bebía en vez de comida. Hoy estamos todos mucho mejor comidos, y resultaría demasiado fuerte. Alguna vez los chicos merendábamos pan con vino y azúcar, no siempre dejaban repetir, pero no me parece que hayamos salido muchos alcohólicos de aquella generación.
      La viñas tradicionales llegaron a desaparecer con la mecanización agraria.
      “Con lo que sacas de cebada puedes comprar vino y aceite”
      Se decía entonces mientras se arrancaban las cepas y los olivos que tanto habían costado criar a generaciones anteriores.
      A los olivos también les surgió por entonces otro terrible enemigo: las indicaciones de los médicos que por entonces trataban al aceite de oliva poco menos que como un veneno, señalándolo como fuente de no se cuantos males relacionados con el colesterol. Por el contrario, aceites como el de girasol o de soja, ¡esos aceites si que eran sanos! Por cierto que esos aceites solían venir de los E.E U.U. y por lo que se, fue un español, Grande Covián, el primero que habló de colesterol bueno y malo y de las buenas propiedades del aceite de oliva para controlar el colesterol malo. Sospecho que si sus descubrimientos hubieran favorecido más a la “comida rápida” que se ha exportado desde los E.E.U.U. y menos a  la “dieta mediterránea”, el español Grande Covián (que investigaba entonces en los E.E.U.U.) hubiera recibido más premios de reconocido prestigio internacional.
      Actualmente, el aceite de oliva está reconocido como el de mejor calidad  también para controlar el colesterol malo y a la sombra de las subvenciones europeas hasta es un cultivo en expansión, pero quiero acordarme de aquellos olivos retorcidos que por crecer entre sequías prolongadas, heladas a veces muy fuertes y bochornos abrasadores, tenían añadas muy diferentes, esto es que se sucedían años de grandes cosechas con otros en los que apenas producían olivas:
      “Un año olivar y otro pinar”
Se decía de aquellos olivos que algunos años se comportaban como los pinos de por aquí, que no dan ningún fruto aprovechable. Aquellos olivos que no fueron arrancados para sembrar cereal en el sitio que ocupaban, aunque la recolección de las olivas no se hubiese mecanizado, fueron cultivados con especial esmero por algunos labradores, bien por mantener un cultivo tradicional o bien porque, acostumbrados al aceite de oliva, dijeran los médicos lo que dijeran cualquier otro aceite les parecía insoportable. Aquellos años de gran auge cerealista en el secano, los olivos estaban bien de aspecto; pero apenas si hacían olivas. ¿Qué les pasaba a los olivos? ¿Cuándo llegaría uno de esos años que producían tantas olivas que hasta se rompían algunas ramas del peso?.

Feria de caballerías de Híjar. Años 50. Archivo Ino Mosso


Escuché una teoría que achacaba esta falta de producción de los olivos al uso de herbicida en el cereal. Por aquellos años, se empezó a usar un herbicida selectivo “de hoja ancha” vamos, que a los cereales no les afectaba pero eliminaba muchas malas hierbas. Naturalmente se echaba en los campos de cereales, de ninguna manera en campos de olivos; pero la época de aplicación del herbicida en los cereales de invierno coincidía con la floración del olivo, el cadillo, que decimos en esta tierra. Lo cierto es que el herbicida se aplicaba sin demasiadas precauciones. Cuando escribo esto creo que aquél herbicida ya no se comercializa y desde luego las normas para aplicar estos productos son muchísimo más severas que entonces. No sé si la falta de producción de los olivos por aquellos años se debió al uso del herbicida, pero años más tarde, por diferentes motivos, el cereal dejó de tratarse con herbicida, y los olivos recuperaron las cadencias habituales de producción de olivas.

      Vamos ahora con las mulas que ya están bajando por el  “Cabalto Lugar”60, y ya vemos la casa donde hemos de descargar el trigo y ellas podrán descansar. Antes de que lleguen a casa con todos los sacos de trigo también quiero aludir a algunos cambios ecológicos que los tractores con sus nuevas posibilidades de trabajar la tierra provocaron:
   
- Aumentó la superficie de monte cultivada. Antes, en el secano se cultivaba los fondos de las vales, hoyas, y si acaso laderas muy suaves, pero con los tractores y los abusos en la Sociedad de Montes, se roturaron todas la laderas que se podían labrar con tractor. También se hacían labores más frecuentes y profundas.
- Para poder maniobrar mejor con los tractores se eliminaron muchas paredes de piedra que nuestros antepasados habían puesto en las vales y laderas para retener el agua de lluvia y la tierra fértil. Por esto y por lo expuesto en el párrafo anterior, la erosión ha alcanzado proporciones escandalosas, aunque a ningún labrador parezca importarle. Al fin y al cabo debajo sigue saliendo tierra, y en estos secanos el factor limitante siempre ha sido el agua.
- La frecuencia y profundidad de las labores también trajo consigo la proliferación  de las “barrillas” o “capitanas” (Salsola Kali) que tanto combustible hacen gastar para mantener las güebras limpias. Las “barrillas” antes eran unas plantas que se veían en pocos terrenos del monte algo húmedos y salobres, sus cenizas eran muy buenas para hacer la colada.

Cuando llegamos desaparejamos a las mulas y las llevamos a la cuadra, mi padre les dio una “galleta”61 de agua a cada una que al instante convirtieron en sudor. Les supo muy a poco, pero mi padre no quiso darles más. En el pesebre les echó forraje y algún pienso que bien merecido se lo tenían.
Ahora nos tocaba trabajar a nosotros. La cosecha ya era demasiado grande para subirla al mirador y, en la casa nueva, se había preparado un cuarto bajo medianamente protegido de la humedad en el que vaciar los sacos de trigo. Muy pronto apareció algún vecino que ayudó a mi padre a descargar los sacos. Yo colaboraba levantando como mejor podía los sacos en el remolque para que los que tenían que vaciarlos ya se los encontrasen preparados. Cuando estuvieron descargados los sacos, como solía hacerse en esos casos, mi madre sacó unas pastas,  los mayores bebieron alguna copa de anís y se hizo algún comentario sobre la cosecha, pero había como un nubarrón que impedía que el ambiente fuese decididamente alegre. A todos aquellos vecinos la mecanización les había pillado cuando ya no eran jóvenes para adaptarse ni viejos para dejar la actividad; pero una cosa estaba clara: las caballerías no tenían ningún futuro en la agricultura.
      Después de descargar el trigo mi padre fue a llevar a casa de sus primos los sacos que le habían prestado. Las mulas estaban en la cuadra comiendo y desde luego descansando, la cuadra era un lugar fresco en verano y templado en invierno, me dio la impresión de que estaban tiritando. Montado a lomos de la Pastora, las llevé hasta la acequia para que abrevasen a gusto, estaban visiblemente cansadas pero sin los aparejos y sin carga de la que tirar parecían andar a saltos.
   
      Una época se estaba acabando, ni se amasaba el pan en casa, ni se prensaba la uva para hacer vino, ni se preparaba leña como antes, ni las caballerías tenían futuro, ¡Con decir que hasta había desaparecido la Feria de Híjar!

LA FERIA DE HÍJAR

La Feria de Híjar había sido el centro comarcal en el que se compraban y vendían las caballerías. Se celebraba en septiembre, después de recogida la cosecha. Los labradores tenían algún dinero para comprar alguna caballería y especiales ganas de fiesta, por lo que como en todas las ferias, había instalaciones recreativas que no se veían normalmente en los pueblos. Híjar está a una hora de camino de Samper de Calanda, pero en aquellos días eran muchas las personas de toda condición que subían andando a la Feria de Híjar y volvían al anochecer.

Turbina del Molino Harinero de Castelnou –Teruel-. Archivo fotográfico del CEBM

Me cuentan que mi abuelo materno subió en una ocasión a ver las caballerías que había por la feria y vio que había un retratista. Volvió inmediatamente a casa, se lo dijo a su mujer (abuela materna de quién esto escribe, obviamente), cogieron el chico que entonces tenían de meses y los tres a  subir a Híjar andando para hacerse una foto con el chico. Era su segundo hijo, el primero había muerto y ni siquiera habían podido hacerse una foto con él.
Claro que eso fue allá por 1926 y entonces retratarse o lo que es lo mismo, hacerse una fotografía, era todo un acontecimiento. No como cuando escribo esto, ya entrados en el siglo XXI, que habrá muy pocos chicos pero son el objetivos de toda clase de cámaras fotográficas o de vídeos, y algunas santas madres hasta enseñan las fotografías de sus hijos antes de que hayan nacido (las ecografías). Pero a lo que estamos, que la Feria de Híjar era esencialmente un lugar en el que se hacían transacciones de caballerías.
      La feria tenía ciertas normas de funcionamiento. Una de estas normas era que una vez cerrado el trato ya ninguna de las partes se podía volver atrás. Me cuentan de una ocasión en la que unos gitanos se quejaban de un payo que había acudido con la guardia civil para deshacer un trato. Había ocurrido que los gitanos habían vendido un mulo joven, espectacularmente fuerte y muy bien de precio al payo. Poco después, al probarlo en el trabajo, el comprador descubrió que el mulo padecía de asma cuando tenía que forzar la respiración y no era apto para el trabajo. Los gitanos se quejaban y con razón. Primero del payo que tenía que haberse asegurado antes de cerrar el trato, y también de la guardia civil que, según ellos mantenían, de ninguna manera hubieran intervenido si el perjudicado hubiera sido un gitano y el beneficiado un payo. De cualquier manera todo el mundo sabía que los tratos en la feria podían salir muy bien o muy mal.
      Fuera de la feria también se podían comprar caballerías durante todo el año a particulares o a tratantes de ganado, aunque los precios solían ser más caros que en la feria. Los tratantes que estaban asentados en una comarca ofrecían ciertas garantías sobre los animales que vendían, entre otras cosas porque no podían descuidar su reputación. Yo he llegado a conocer a algún tratante de ganado, no de caballerías, pero si de ovino o de vacuno y puedo asegurar que si un tratante lleva mucho tiempo en una comarca, es una persona de gran solvencia económica, otra tanta (o casi tanta) solvencia moral y desde luego una gran inteligencia y capacidad para ver de un golpe de vista muchas cosas del ganado y de las personas con las que trata que en muchos casos, si pudieran, no tendrían ningún inconveniente en engañarle.

Pero las caballerías eran cosa del pasado, como la Feria de Híjar, como los  tratantes de caballerías, todo eso ya era historia. Para poder ser labrador, para poder estar en la agricultura hacía falta tractor.

"El alfonoso" Archivo fotográfico del CEBM


EPÍLOGO

      Creo que aquél otoño mi padre aún sembró con las caballerías, pero aquél invierno o en la primavera siguiente ya habló con S. Baquero para que le preparase algún tractor de segunda mano, que nuevo de ninguna manera podía ser.
      Santiago B. era el hijo del herrero que desde hacía muchos años le ponía las herraduras a las caballerías. Había aprendido de su padre los secretos de la fragua y del yunque. Fuera de la herrería de su padre había buscado los conocimientos de mecánica que le permitían entender el funcionamiento y reparar los motores de explosión o diesel. El mecánico buscaría un tractor viejo y le cambiaría el “equipo de motor”, esto es: los segmentos, camisas, apoyos del cigüeñal y las piezas más desgastadas. Por bastante menos dinero del que costaba un tractor nuevo podría tener un tractor que cumpliría durante un tiempo
      El mecánico ya tenía un tractor al que le estaba reparando el motor.
      La mula Pastora  se la quedó a medias mi padre con un tío suyo, así el tío tendría caballería para ir a la huerta y mi padre para hacer alguna faenas también en la huerta que se suponía que no se podían hacer con el tractor
      La mula Leona, completamente recuperada de aquella infección que tan intensamente le había afectado, la vendió a un labrador que por estar soltero y sin hijos, podía permanecer en la agricultura con el ritmo que permitían las caballerías.
      Pensándolo bien, las dos caballerías llevarían mejor vida a partir de ahora.
      Mi  padre ya iba cogiendo soltura en el manejo del tractor. Alguna vez se encontraba con la Leona por el campo. Se quedaban mirando los dos.

FIN

CITAS:

49 Milicias antifascistas que entraron en estos pueblos en el verano del 36. Mataron a varios miembros de la familia y amenazaron a otros.
50 Tomado de “MEMORIA DE LOS HOMBRES-LIBRO Guia de la Cultura Popular del Río Martín. De Luis Miguel Bajén García y Fernando Gabarrús Alquézar. En la grabación que acompaña al libro, cuando la mujer que relata “lo que cuesta hacer el pan” termina, se oye que otra mujer apostilla “ahora todos estamos ricos”.
51 En Samper de Calanda se llama “Tierra Baja” a las partidas de monte que hay desde el “Plano Artosa” hasta las lindes con Castelnou, Escatrón y Alcañíz, es tierra arcillosa.
52 Salvado. Aparece en el Diccionario de voces aragonesas de JERÓNIMO BORAO que editó  EL DÍA DE ARAGÓN.
53 ...de ahí viene la expresión “feo-a como el pan de poya”
54 Génesis 3,16
55 Así se suelen llamar en estas tierras los olivos en esta tierra, supongo por que la variedad más frecuente es la “Empeltre”
56 Así se dice en esta tierra podar un árbol, darle forma.
57 Hojas y pequeños brotes del olivo.
58 En la década de 1950 el ICONA ocupó estos terrenos y alguno más, en los que plantó nuevas variedades de chopo. Cuando escribo esto quedan un par de lugares en los que puede verse la chopera primitiva.
59 Un cántaro eran diez litros de vino; cuatro reales una peseta. La inflación ha hecho de las suyas desde entonces.
60 Así llamamos, o por lo menos se llamaba, aquí a la parte más alta del pueblo. Supongo que será una contracción de cabo alto del lugar.
61 Un cubo de agua, en Samper de Calanda se usa esta expresión aragonesa  para designar un cubo, un pozal.



Pastora y Leona - Las caballerias superadas por los tractores

Por Miguel Gracia Fandos

CAPITULO VIII
PROBLEMAS PARA LOS JÓVENES,
PROBLEMAS PARA LOS MENOS JÓVENES

   
      ¡No había comparación posible! Con los tractores también se hacían más y mejores labores en la tierra. En los primeros tiempos de los tractores,  porque se estaba acostumbrado a las exiguas cosechas que se recogían con las caballerías, porque se sembraba más tierra,  porque coincidieron años aceptables de lluvia, por las mejores labores de los tractores, o por todo esto a la vez, el caso fue que la cantidad de cereal que se recogía subió espectacularmente. No obstante, los más viejos que habían labrado siempre con caballerías y estaban acostumbrados a una agricultura esencialmente de subsistencia, no se quitaban una preocupación de encima: con el dinero que valen los tractores y todas las herramientas, ¿qué ocurriría si venían años malos y por falta de lluvia no se criaba la cosecha? Me cuentan que más de uno de los jóvenes de entonces que ya levaban un par de años manejando el tractor con soltura, menospreciando los temores de los viejos, se atrevió a decir en público:
      - ¡Con la labor que hacen los tractores la cosecha se criará aunque no llueva!
      Ninguna persona mayor ratificaba semejante opinión. No sabían manejar el tractor, pero habían visto malograrse muchas cosechas por falta de lluvia. Aunque también entre ellos había división de opiniones, a unos les parecía una simple fanfarronada; había otros a los que afirmar que la cosecha se criaría aunque el cielo no dejase caer el agua necesaria les parecía, casi, casi, una blasfemia.
      El tiempo se encargó de poner las cosas en su sitio y  pocos años más tarde a nadie, ni fanfarrón ni blasfemo, se le ocurría decir que la cosecha se criaría aunque no lloviera.



      Cuando llegaron los primeros tractores valían mucho, muchísimo dinero. Pero se pensaba que tenían otra gran ventaja sobre las caballerías, los tractores no se morían como las caballerías. Claro que enseguida se demostró que aunque no se muriesen tenían costosas averías, pese a todo se mostraban como inversiones necesarias para mantenerse en la agricultura. Lo cierto es que un tractor nuevo estaba al alcance de muy pocas casas de labranza, para poder tener tractor algunos lo compraban de segunda mano. También se pensaba que con un solo tractor se podía atender a más de una casa mediana de labranza, y entonces algunos labradores jóvenes se pusieron de acuerdo para comprar un tractor a medias.
      Mi pariente X. me cuenta que por aquellos tiempos él había terminado la mili. Era consciente de que en el pueblo y en la agricultura (que es lo que le gustaba) ya no se podía estar sin tractor. Se llegó a plantear la posibilidad de ponerse de taxista o buscar otro trabajo en Zaragoza. No le entusiasmaba mucho porque prefería la vida en el pueblo, pero en el pueblo y en la agricultura ya no se podía estar sin tractor y ni su padre, ni desde luego él, estaban en condiciones de comprar un tractor. Me cuenta que un día estaba en el café y le espetó a su amigo B.  que estaba en una situación muy parecida a la suya:
      - Tú y yo nos podíamos comprar un tractor a medias-.  B. no se dio por aludido.
      Días más tarde X iba desganado a labrar con las caballerías de su padre cuando se encontró       con B. que le provocó.
      - ¿Pero dónde vas a labrar con las caballerías?, ¿no decías de comprar un tractor a medias?
      - Por mi parte ahora mismo-. Contestó X. con gesto severo para dejar claro que sobre ese           tema no quería bromas.
Poco después volvía con las caballerías a casa y le explicó la situación a su padre. Su padre se hizo cargo de la situación y fue avalista para que su hijo pudiera comprar un tractor a medias.
La inversión necesaria para poder comprar tractor obligó a encontrar nuevas formas  de cooperación. Estas formas de inversión conjunta que en algunos casos dieron resultados espectacularmente buenos duraron muy poco, el tiempo necesario para poder pagar el tractor. En cuanto se amortizó la inversión empezaron los roces por los diferentes condicionantes de cada uno: diferentes actitudes, diferentes patrimonios, diferencias en definitiva que la obligación de pagar conjuntamente el tractor había aplazado, pero en cuanto fue posible cada uno se compró su tractor. Está claro que las dificultades, sobre todo las dificultades compartidas, unen mucho más que la abundancia.
  He escrito en el párrafo anterior que esas formas de cooperación que tan buen resultado dieron en esos casos se rompieron por los diferentes condicionantes de cada uno, diferentes actitudes, diferentes patrimonios..., y casi me avergüenzo de ser tan políticamente correcto, porque todos los que conocieron aquellas situaciones saben que el problema fueron las mujeres, que aunque no llevasen el tractor siempre acababan saliéndose con la suya.
Bueno, decir que las cosas fueron como fueron por culpa (o mérito por supuesto) de las mujeres es mucho simplificar, pero está claro que se dieron situaciones difícilmente sostenibles, en las que se trabajaba en el campo con el tractor y la maquinaria nueva en un ambiente y se dormía y se aspiraba a criar unos hijos en otro ambiente diferente. Y cuando se tenía (o se podía) decidir entre un ambiente u otro, la estabilidad del matrimonio, más que la voluntad de la mujer, ganó siempre. No vamos descubrir ahora que aquella era una sociedad sexista (tampoco digo que hoy no lo sea) y no se pretende aquí señalar a las víctimas o verdugos del sexismo (que no estoy seguro de quienes son), pero sí ha habido algún caso en que esas formas de cooperación que se hizo necesaria para poder acceder antes y mejor a la mecanización han perdurado, y en ese caso la figura de la mujer, hermana, esposa o madre ha sido fundamental para mantener la cohesión de todos. Además de acometer conjuntamente nuevos proyectos después de comprar el primer tractor.

Las personas jóvenes y esforzadas podrán acertar o equivocarse, como todo el mundo, pero estando menos condicionados se adaptan mejor a cualquier situación. Problemas diferentes tenían los mayores, los que habían sido “niños de la guerra”, que apenas habían conocido la escuela en su niñez.
El tío A. era lo que se dice un “analfabeto funcional”. A los doce años ya labraba con las caballerías. Entre la guerra, en la que murió su padre, y la posguerra, apenas pudo ir a la escuela. Para muchos, el principal problema para acceder a la mecanización era el dinero que costaba el tractor y los aperos. Pero el tío A., después de décadas de mucho trabajar y gastar solamente lo imprescindible, tenía el dinero suficiente. Para el Tío A. el principal problema era sacarse el carné de tractorista, para el que exigían los mismos conocimientos de teoría y señales que para conducir automóviles.
Hizo muchas pruebas de teoría, pero siempre tenía fallos. Se le iba el tiempo intentando leer las preguntas y respuestas. ¡Ah!, como no veía muy bien las letras, se compró unas gafas para verlas mejor. Pero, aunque veía las letras más grandes, seguía costándole mucho entender una frase.
      Tantos test llegó a hacer que, espontáneamente, empezó a conocer las diferentes pruebas por los dibujos, y a recordar las respuestas correctas de algunas preguntas. También se dio cuenta de que aunque había muchos test, siempre eran los mismos. El tío A. encontró una solución a su problema: recogió en la autoescuela todos los test posibles, los identificó por los dibujos, y memorizó el orden de las respuestas correctas de cada uno. Tiempo más tarde, el tío A. conducía su flamante tractor, sin temor de que la Guardia Civil le pidiera el carné de tractorista.
Cada persona tiene sus problemas, y cada uno se los soluciona como mejor puede. Si puede.

      El tío P. hombre cabal donde los haya, era otro labrador a quién la llegada de la mecanización también le había pillado algo mayor, y con algún problema de salud. El médico le había puesto una dieta que, con ayuda de su mujer, seguía a rajatabla.
      Su hermano mayor había comprado un tractor, que llevaban los sobrinos, y viendo cómo  trabajaba el tractor, el tío P. estaba decidido a comprarse otro. Ya le había pillado el truco a los test, y apenas tenía errores. Pronto se examinaría de la teórica del carné de tractorista. También había practicado con el tractor de los sobrinos, y para ser novato se le daba bastante bien.
  Un día, estaban cogiendo un campo de panizo todos de la familia. Los sobrinos fueron a poner unos tubos en el brazal para ensanchar el puente, puesto que el tractor con el remolque necesitaba un paso más ancho que el puente que había servido para el carro y las caballerías.
      El panizo lo echaban en canastones47, que cuando se llenaban se vaciaban en el remolque. Conforme se avanzaba cogiendo panizo, se adelantaba el tractor para que el remolque estuviera lo más cerca posible del tajo. Estando los sobrinos en otra tarea, el tío P. adelantaba el tractor, cosas más difíciles había hecho. Aquella vez, el remolque estaba más cargado, y cuando quiso arrancar suavemente,  el tractor no pudo con la carga y se paró el motor. Repitió la operación y pasó lo mismo. Al tercer intento, el tío P. notó que el corazón le latía muy rápido, pero no quiso llamar a los sobrinos. Aceleró más el motor, soltó suavemente el embrague y el tractor avanzó con la carga. Cuando quiso detener el tractor, el motor se aceleró repentinamente y continuó andando a bruscos empujones. El campo se llenó de gritos que se mezclaban con los ruidos del tractor: -¡ya vamos!-, gritaban los sobrinos mientras corrían derribando las matas de panizo que no podían esquivar; su hermano agravó la situación agarrando la rueda del tractor y gritando como si se tratara de sujetar a una caballería desbocada. El tío P. queriendo alejarse de su hermano giró el volante. Entonces, mientras su mujer gritaba que se tirara del tractor, todos vieron que si no se remediaba muy pronto, el tractor llegaría a un ribazo en el que podía volcar.
No pasó nada. Se mascó la tragedia, pero no pasó nada. Muy poco antes de que llegasen los sobrinos al tractor y el tractor al ribazo, el motor se paró completamente. El tío P. blanco como la cera, viendo que no podía controlar el tractor, acertó a cortar la inyección de combustible al motor.
-¡Tío! ¡tío!,- gritaron los sobrinos mientras le sacudían para que reaccionase.
Aquella tarde el tío P. volvió a su casa por su pie, aunque parecía haber envejecido repentinamente. Se sintió aliviado cuando cerró definitivamente los libros de la autoescuela. Él y su mujer estuvieron de acuerdo en que nunca, ¡nunca!, volvería a conducir un vehículo a motor. Permanecería en la agricultura con las caballerías hasta donde fuera posible, trabajaría de jornalero en lo que saliera. La mujer también cosía en casa para un taller. Si con todo esto no podían comer y pagar los estudios de los pequeños..., trataría de encontrar trabajo como habían encontrado otros en situación parecida a la suya: como portero de fincas urbanas en Zaragoza, o en Madrid. Esta idea, no gustaba nada al  tío P. pero..., poner en peligro su vida y la de los demás conduciendo un tractor ¡NUNCA!

No hay comparación posible. Archivo fotográfico del CEBM

>> CAPÍTULO IX

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CITAS:

47 Canastas grandes en el habla local.

Pastora y Leona - Las caballerias superadas por los tractores

Por Miguel Gracia Fandos

CAPÍTULO VII
LA RUTA DE PASTORA Y LEONA
VAL PRIMERA

   
   
      Cuando estuvo todo listo, ellos se fueron delante con el tractor y la cosechadora a otro campo que tenían que cosechar no muy lejos de allí. Conforme se alejaban, el ruido de los motores se iba difuminando y se hacían más perceptibles las cadencias que marcaban las caballerías con sus andares y su respiración. Tan diferentes eran esos ritmos que hubo un momento en el que parecía que en el mismo paisaje habían coincidido dos mundos distintos. Pero muy poco después las máquinas desaparecieron y quedamos con la fuerza muscular de las caballerías tirando de tan pesada carga.
      El comienzo del camino hacia el pueblo era más bien llano. Si acaso había que descender alguna pendiente muy suave, tanto que no hacía falta echar el freno del remolque para que no empujase demasiado a la mula Leona que iba enganchada en las varas. Si el terreno era llano, se hacía patente la fuerza de la Leona para que el remolque no dejase de avanzar. Si había un pequeño bache en el camino el ritmo de avance del remolque se frenaba y entonces llegaba el tirón de la mula Pastora que, delante, y por medio de los tirantes, también tiraba de las varas del remolque, aunque de una forma menos constante y regular que la mula de varas. Entre las dos el remolque con toda la carga seguía avanzando hacia el pueblo. En aquél terreno llano yo iba en el pescante del remolque. Mi padre fue todo el camino andando.
      En Val de Velez, muy cerca del camino, había un pozo de agua que por lo visto era algo salobre. Mi padre quiso acercarles agua con un cubo para que abrevasen, pero las caballerías extrañaron el agua y no quisieron beber. No debían tener mucha sed. Mi padre hizo un gesto de desagrado..., el pueblo estaba muy lejos y hacía mucho calor.
      Llegamos a un trozo de camino que yo ya conocía por haber ido por allí al Mas del Aljibe. Continuamos hacia el pueblo, pero muy pronto el terreno cambió y nos encontramos ante una cuesta considerable que había que subir. Aquello era Val de Chivales.
      Antes de que las caballerías llegasen a la cuesta mi padre me dijo que bajase del remolque, que ya llevaban demasiada carga las caballerías para subir aquella cuesta. Sin dificultad alguna, pude saltar del remolque en marcha, dado el pausado ritmo del las caballerías.
      Conforme las caballerías con toda la carga se acercaban a la cuesta, mi padre se mostraba más inquieto y empezó a requerir a las mulas por su nombre:
      - ¡PAASTORAAA  MULAAAAA...!
      - ¡LEEONAAAA...!
      Sobre todo a la Pastora, haciendo restallar la tralla para avisarle de que no se le iba a consentir que escatimase el esfuerzo que se le requería en aquél momento para poder subir toda la carga.
      Al llegar a la cuesta, la Leona pudo notar que la carga se resistía más a avanzar, pero también que delante de ella,  la Pastora, convencida por los argumentos de mi padre, mantenía un esfuerzo constante que, a través de los tirantes, ahora siempre en tensión, ayudaban muy considerablemente a subir la pendiente.
      Las mulas acometieron la cuesta con convicción. Pasado el primer repecho, hasta yo entendí que subirían la cuesta sin especial dificultad. Mientras subían la cuesta mi padre no dejó de arrear a las caballerías, más para animarles que para requerírselo, puesto que bien claro estaba que podían y querían subir aquella cuesta. Pero que la subieran con convicción no quiere decir que la subieran sin esfuerzo, que bien patente resultaba percibiendo la respiración de los animales y el sudor que hacía brillar su pelo.
      Subida la cuesta ya estábamos en el “Plano de los Migueles”. Al llegar al llano, la carga del remolque volvió a ser más llevadera y las caballerías fueron recuperando la respiración normal, al tiempo que gotas, muchas gotas de sudor, caían de sus cuerpos. Al estar más altos, se podía ver mucho más terreno, y mi padre me dijo, señalando a lo lejos con la vara:
      - Mira, ¿ves a allá lejos? Aquello es el Calvario y el Fortín, por allí tenemos que pasar para llegar al pueblo.
      Efectivamente, reconocí las siluetas que se veían en el horizonte, y me alegré de poder establecer referencias sobre la distancia que teníamos que recorrer, puesto que aunque identificaba algunos trozos del camino, por entonces no los relacionaba entre sí, y no sabía ni dónde estábamos ni cuanto faltaba para llegar. Viendo la sombra que hacíamos en el camino también me dijo:
       - Debe ser mediodía o poco más. Ves: en verano, si la sombra que haces con la cabeza la puedes pisar adelantando un pie, son las doce, hora solar-, me advirtió, puesto que por entonces el horario oficial se había adelantado una hora sobre el solar. Allí estábamos al mediodía o poco más de un día del mes de  Julio, con el sol propio de esas fechas y un calor que ya hacía temblar el aire encima de los rastrojos.
Ya habíamos andado bastante por el plano. Las caballerías ya habían recuperado el ritmo habitual cuando mi padre me dijo que subiera otra vez al pescante, que ahora venía buen terreno para las caballerías.
Desde el pescante, y cerca del camino, pude reconocer la viña que trabajaba mi padre en el Plano de los Migueles. También pude observar que el estado de las caballerías ya no era el mismo que tiempo antes cuando habíamos salido del campo. La distancia recorrida hasta entonces, el sol que caía a plomo y, sobre todo, el esfuerzo que habían tenido que hacer para subir la cuesta de Val de Chivales, habían hecho mella en las caballerías que tenían un andar menos alegre que al principio. No obstante, las caballerías avanzaban decididas por el ligero descenso de Las Corcelladas y podía ver que el Calvario y el Fortín, las referencias que yo tenía,  estaban cada vez más cerca. Algún comentario optimista debí hacer yo dando por seguro que llegábamos a casa con toda la carga, al constatar que nos acercábamos al pueblo.
- Esto ray39, dijo mi padre. Aquí avanzamos pero estamos en llano, en las cuestas de Val Imaña y Val Primera veremos si pueden las mulas con todo el peso.
Val Imaña y, sobre todo, Val Primera, eran los parajes que yo no llegaba a identificar pero que, desde que se cargó en el remolque tirado por las mulas, nombraban los que conocían el tema como barreras difícilmente franqueables para dos caballerías con más carga de la que les correspondía.
Al momento el camino comenzó a descender. Al mismo tiempo las curvas del mismo me impedían ver un trayecto largo. La bajada era más empinada que ninguna que habíamos hecho hasta entonces, y el remolque con toda su carga empujaba a la mula Leona. A requerimiento de mi padre yo accionaba desde el pescante el freno del remolque buscando el punto adecuado para que no avasallase a las mulas ni tampoco ofreciera ninguna resistencia al avance. Bastante trabajo les costaba hacerlo rodar cuando no era cuesta abajo. Aunque me dio la impresión de que el freno del remolque tampoco andaba sobrado para tanta carga cuando el descenso era muy pronunciado.
Con el paso acelerado por la carga, pronto se acabó el descenso. Nos encontramos en un llano corto que era el fondo de una val que había que cruzar... aquello era Val Imaña. Una cuesta muy parecida a la que habíamos bajado ahora había que subirla. Cuando se descendió la cuesta, el freno del remolque ya no era necesario y bajé del remolque.
Sin solución de continuidad, cuando las caballerías se acercaron a  la cuesta arriba, mi padre repitió la operación de Val de Chavales: agitar la tralla y requerir a las mulas:
- ¡ARRE  MULA!, ¡LEONAAA!, ¡PASTORAAA MULAAAA!
      Las mulas estaban más cansadas, pero acometieron la cuesta con igual convicción que la anterior en Val de Chivales. El esfuerzo de la mula Pastora se hacía más evidente cuanto más insuficiente se mostraba el de la mula Leona. En lo más empinado de la cuesta y pese al esfuerzo de las mulas la carga se resistía a avanzar, pero mi padre con las voces y la tralla convenció a las caballerías para que se esforzaran aún más. Las ruedas aplastadas por la carga, aunque giraron muy lentamente no llegaron a detenerse, y así subieron la parte más empinada de la cuesta que hacía una curva. Al ganarla descubrí con desaliento que la pendiente, aunque más suave, se prolongaba más de lo que yo había imaginado. Pero me pareció que eso no era ninguna sorpresa para las caballerías que, aliviadas por haber superado la parte más empinada de la cuesta, y arreadas constantemente por mi padre, siguieron subiendo afanosas y ya decididas por aquella pendiente que parecía no tener fin.
Al final de la cuesta descubrí un paraje que recordaba, el paso a nivel de “Las Casillas Dobles”, sobre el ferrocarril de la “Torica”40. Estaba claro que las caballerías iban a poder llegar hasta allí con toda la carga, y mi padre me dijo que fuese corriendo hasta el paso a nivel para ver si había algún obstáculo imprevisto en la vía del tren que pudiese dificultar el paso del remolque.
  Los pasos a nivel sobre el ferrocarril han sido siempre unos lugares de muchísimo  peligro. Sólo en los que hay en este término municipal se podría hacer una larga  lista de sustos y de accidentes que se han producido tanto entre vecinos que imprudentemente cruzaban sin asegurarse de que no venía ningún tren, como en algún paso a nivel con barreras y un guardabarreras despistado. También se pueden poner ejemplos de accidentes en los que las víctimas han sido los propios guardabarreras cuando intentaban cumplir con su trabajo. Así pues, cuando se decidía pasar un paso a nivel, había que estar seguro de que no surgiera ningún imprevisto que impidiera hacerlo rápidamente. En aquél lugar la visibilidad era buena, pero entonces las locomotoras ya tenían motor Diesel y aunque sus velocidades nos parecerían hoy ridículas, eran muy considerables si las comparásemos con las anteriores locomotoras de vapor, que además echaban un penacho de humo que las delataba desde muy lejos. Y, sobre todo, si la comparásemos con la velocidad a la que las caballerías transportaban tan pesada carga.
Corriendo, descansado y sin ninguna carga, fácilmente pude adelantar a las caballerías que penosamente y con tanto esfuerzo terminaban de subir la cuesta de Val Imaña. Allí no había ninguna traviesa rota ni ningún otro obstáculo en el que pudiese atascarse alguna rueda al paso del remolque. Mi padre continuaba arreando a las mulas, y a gritos le avisé que el paso a nivel estaba bien. Mientras esperaba que las caballerías llegasen hasta el paso nivel, puede observar lo que les costaba a las mulas hacer el esfuerzo necesario para subir la carga. La Pastora, que  tiempo antes había querido patearme, ahora me ignoraba, concentrada como estaba en un esfuerzo compartido con la Leona y constantemente requerido a voces por mi padre (¡ARRE PASTORA  MULAAA!...¡LEONAAA!). Viéndolas así era difícil no sentir lástima por la agresiva Pastora y por la esforzada Leona.
Cuesta Valprimera con el "Fortín" y la cúpula de Santa Quiteria al fondo. Archivo fotográfico del CEBM


El ferrocarril estaba un poco elevado sobre el terreno, por lo que para llegar al paso a nivel había que subir (y bajar inmediatamente después de cruzar las vías) un repecho corto pero muy pronunciado, sobre todo para las. Conforme se iban acercando, mi padre, viendo el agotamiento de las caballerías, dejó de arrearlas.
-¡SÓÓOO!-, gritó mi padre cuando la Pastora iba a llegar, sin mucha convicción, al repecho del paso a nivel.
Las mulas obedecieron al instante. Detenidas las caballerías, la respiración forzada y a la vez coordinada de las mismas me pareció algo dramático y a la vez espléndido. Mientras tomaban aliento chorreaban sudor, y el suelo que había bajos sus cuerpos enseguida quedó completamente mojado y, las moscas...(¿de dónde habían salido esas moscas?) empezaron a importunar a las caballerías que cansadas como estaban no ponían mucho empeño en sacudírselas.
Cuando su respiración ya se había normalizado ya se podía escuchar el ruido de alguna chicharra entre el pesadísimo calor de julio. Mi padre comprobó que no se acercaba ningún tren:
-¡ARREE  MULLAAA!...
Y las mulas, un poco mas enjutas por lo mucho que habían sudado, tiraron del remolque hacia el paso a nivel. Enseguida llegó la Pastora, y cuando llegó la Leona, el remolque subía lo más empinado de la pendiente. O sea, que cuando la Pastora ya bajaba, las dos mulas tuvieron que emplearse a fondo para que el remolque subiese hasta las vías del tren. Ya había llegado un eje, y el otro, y el repecho se hizo bajada en la que la carga empujó durante unos metros a la Leona.
Cruzado el paso a nivel, las mulas acusaban el cansancio, pero retomaron el ritmo de marcha con decisión. Estábamos en la partida del Igualar. El camino subía suavemente, por lo que el esfuerzo de la Pastora tenía que ser constante y sostenido, puesto que la fuerza de la Leona hubiera resultado descaradamente insuficiente para hacer avanzar la carga en aquellas condiciones.
Desde Val Imaña yo iba andando. Al avanzar subiendo por el Igualar  pude comprobar mis referencias: el Calvario, el Fortín, y hasta la cúpula de Santa Quiteria se podían ver muchísimo más cerca.  ¡Estábamos llegando al pueblo!.
Debió cegarme el entusiasmo, o quizá no había avanzado lo suficiente, pero lo que vi  unos segundos después y unos metros más adelante me dejó congelado el ánimo. Efectivamente mis referencias se veían mucho más cerca, pero ¡ay!, entre el Fortín y nosotros se abría una inmensa brecha que había que cruzar: ¡Val Primera! . Aquello era la Val Primera tan nombrada, y  con tanta razón temida por los que sabían de esto.
Ahora veía asustado que delante de nosotros el camino descendía brutalmente, llaneaba unas decenas de metros por el fondo de la val y comenzaba a subir. Primero un repecho considerable. Un falso llano en el que la pendiente se suavizaba seguido de una cuesta inmensa, prolongada y sobre todo de mayor pendiente que ninguna que habíamos subido hasta entonces. Y al otro lado, encima de la cuesta, el Fortín y  el Calvario, que habían sido señales de proximidad al pueblo, aparecían ahora como una siniestra provocación.
Antes de comenzar el descenso de la val mi padre buscó una piedra de tamaño adecuado por si era necesario “piar”41  el remolque. Me dijo que yo buscara otra, y que estuviera atento a lo que me dijera.
Las mulas empezaron el descenso de Val Primera y de golpe la carga que tan duramente se había resistido a avanzar cuando subían, se lanzó sobre la Leona que tenía que correr empujada por la misma. Mi padre ya había accionado a tope el freno del remolque pero, en aquella pendiente y con aquella carga,  no frenaba lo suficiente para permitir un paso adecuado. No, la Leona, agotada después de tirar de tan pesada carga durante kilómetros, tenía que correr ahora avasallada por la misma y delante de ella la Pastora tenía que correr también para que la Leona no le alcanzase, pero sin distanciarse mucho de ella para que los tirantes no se tensasen y tirasen del remolque cuesta abajo.
No quiero pensar lo que hubiera podido ocurrir si alguna mula llega a tropezar, cae al suelo y llega a ser atropellada por el remolque. Yo también corrí cuesta abajo con una piedra de considerable tamaño por si era necesario “piar” el remolque. No hizo falta, las caballerías se coordinaron muy bien. Se notaba que, ni para subir, ni para bajar cuestas, era la primera vez que trabajaban juntas. Las agotadas caballerías corrieron como mejor pudieron empujadas por el remolque sobrecargado y en un santiamén nos encontramos en el fondo de la val.
Tuvo que haber unos metros en los que la inercia del remolque coincidiera con la marcha cansada de las caballerías, pero debió pasar enseguida y ya estaban otra vez tirando del por el llano. Lo cierto es que las exhaustas mulas no encontraban el ritmo de trabajo adecuado para tirar. Mi padre arreó, intentando a  voces coordinar sus movimientos, pero ellas, completamente agotadas, no reaccionaron como otras veces. Me dio la impresión de que si la Leona se hubiera encontrado fuera de las varas del remolque se hubiera desplomado ella sola. La Pastora no sabía, no quería o, simplemente, no podía ponerse a tirar.
-¡SÓÓOO!-. Gritó mi padre cuando la Pastora,  que ya no reaccionaba ni a las voces ni a la tralla de mi padre, acometía sin ningún convencimiento la subida de la val.
Las mulas se detuvieron. Me dio la impresión que el descenso atropellado de  la val les había cansado más que ninguna subida anterior. Desde luego, les había destrozado el ritmo de los pasos al caminar tirando de la carga y, sobre todo, de la respiración que ahora era tan agitada como caótica.
Las mulas ya no sudaban, ya no les quedaba líquido del que desprenderse. Con el pelo hirsuto, aparecían enjutas y exprimidas bajo el tórrido sol de aquél día de julio que en el fondo de la val parecía concentrarse y achicharrar con más furia. La respiración de las mulas se fue normalizando, pero cuanto más las miraba, más pequeñas y agotadas me parecían, al tiempo que la carga parecía aumentar. La cuesta, a cada instante se me aparecía más larga y empinada...No, no podrían subir las mulas con toda la carga.
Mi padre también miraba alternativamente a las caballerías, a la cuesta y a la carga. Pensaba que iba a decirme que subiera al remolque para ayudarle a descargar la mitad de los sacos, pero no me decía nada. Cogió el botijo y empapó con agua un trapo con el que humedeció el hocico de las mulas. No sirvió para calmar la sed de los animales, pero éstos agradecieron el gesto. La respiración de las mulas ya se había normalizado, y desganadas empezaban a sacudirse las moscas que les molestaban constantemente.
- ¡ARREEE   MULAAAA!-. Gritó mi padre, al tiempo que hacía restallar la tralla.
      - ¡PASTORA MULAAA!,  ¡LEONAAA!
Penosamente y nada convencidas empezaron a andar las mulas llevando el remolque con toda la carga hacía la subida de Val Primera. Cuando el remolque comenzó la subida, la Pastora ya estaba subiendo la parte más empinada del primer repecho.
      -¡LEONAAA!  ¡ARREEE PASTORA!, requería constantemente mi padre y esta vez descargó un trallazo sobre la Pastora que ante la cuesta que tenía por delante, tiraba con pocas fuerzas y ninguna convicción del remolque. Avivaron algo el esfuerzo y consiguieron que el remolque pasara el primer repecho de la cuesta. Muy trabajosamente siguieron llevándolo por un tramo de menos pendiente. Cuando  llegaban al segundo repecho, más empinado y mucho más largo que el anterior, las caballerías, que ya no reaccionaban a las voces ni a la tralla de mi padre, desfallecían a ojos vistas.
      - ¡SÓÓOOO!-. Gritó mi padre un instante antes de que al menos la Leona cayese desplomada.
      A los animales tampoco se les puede exigir imposibles, y si tanto se les pedía las caballerías llegaban a quedarse bloqueadas. Aguantaban estoicamente todos los palos que les dieran, pero se ahorraban el esfuerzo de acometer un trabajo que se les antojaba imposible. En esos casos, seguir pegando a los animales, además de ser una exhibición de crueldad, era contraproducente para el trabajo. Un buen labrador, tenía que tener cuidado en no llegar este límite.
      ¡Pobres animales!. Pastora ¡Quién te ha visto y quién te ve! Hacía unas horas me hubiera pateado y allí estaba ahora exhausta y humillada. Y la Leona, impotente, respiraba de forma irregular y aparatosa, consumida por el esfuerzo. Ni siquiera podía sudar, pero bajo sus ojos,  enormes  y  tristes, muy tristes, se veían unas gotas de líquido, que no se si serían restos de sudor, o simplemente de lágrimas de impotencia y agotamiento.
      Pensaba yo que ya estábamos tardando en descargar la mitad de la carga, más aún, que tendríamos que haberla descargado antes de comenzar a subir la cuesta de Val Primera. Tanto esfuerzo que se había obligado a hacer a las caballerías y total, apenas se había subido una cuarta parte de la cuesta. No, no valía la pena haber exigido tanto a las mulas. Tan agotadas estaban que hasta dudaba que ahora pudieran subir la cuesta con sólo media carga.
      Las caballerías iban recuperando su respiración normal. Mi padre, con gesto de preocupación y de duda, miraba alternativamente la cuesta, a las caballerías y a la carga, pero no decía nada de descargar ningún saco del remolque. Yo también miraba lo mismo, y a cada momento la cuesta se me hacía más empinada, la carga grande, y las mulas más pequeñas y exprimidas.
      Cuando pensaba que mi padre había decidido descargar algunos sacos, cogió unos trozos de pan del que habíamos llevado para almorzar nosotros al tiempo que me explicaba:
      -Esto hay que hacerlo con mucho cuidado. Si así no pueden subir al primer intento, descargaremos los sacos que haga falta-.                                      
       Después cogió también el tonel del vino, del vino de la viña del Plano de los Migueles, que era espeso, negro y de muchos grados. Empapó con vino los trozos de pan y se los dio a las mulas. A las mulas pareció gustarles, se relamían muy a gusto. Me dio la impresión de que les supo muy a poco, y en los agotados ojos de la ingenua Leona apareció una chispa de alegría. Mi padre me advirtió:
      - Cuando arree te pones algo detrás de las mulas, braceas y gritas mucho-.
      Aún estaban relamiéndose las caballerías cuando mi padre, con más energía que en otras ocasiones les espetó la tiempo que daba trallazos en todas direcciones:
      -¡ARREE  MULAAAA!   ¡LEONAAA!, ¡PASTORAAA MULAAA!
Hubo un ruido raro de aparejos que se tensaban, de cascos pisando fuertes en el suelo. La Leona había saltado como un resorte y se concentraba en el esfuerzo. Las ruedas del remolque, aplastadas por el peso, se pusieron a girar muy lentamente, pero la carga se resistía a avanzar lo suficiente y la esforzada Leona resbalaba al perder pie con las patas delanteras. Yo llegué a temer que ya no se levantaría cuando un oportuno tirón de la Pastora levantó del suelo a  la mula de varas y permitió que, de forma muy ligera, la  carga siguiese avanzando. En alguna ocasión fue la Pastora la que perdía pie, pero ahí estaba la Leona que durante ese momento mantenía el tiro que tan penosamente hacía subir la carga. Creo que si hubiesen tropezado las dos a la vez, el remolque se hubiera detenido y no hubieran podido ponerlo en marcha de nuevo. Entre tanto esfuerzo estimulado por lo mucho que gritaba mi padre (algo también gritaba yo) las mulas percibían que aunque muy penosamente la carga estaba subiendo.
Cuando las caballerías ya acompasaban su respiración y sus pasos, vi cómo la Pastora miraba con rabia la cuesta. Fue esa mirada la que me hizo consciente de una evidencia: ¡Las caballerías se sabían el camino!
      ¡Por supuesto que las caballerías, y los animales domésticos se conocían el camino!. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? En mi niñez todavía había en las casas alguna cabra que por el día iba a pastar con algún ganado, y al atardecer, por las calles que entonces eran de tierra, volvían solas cada una a su casa. Los entonces chicos a veces jugábamos a interrumpir el paso de alguna cabra tapando  la calle por la que tenían que pasar. Incluso arrastrábamos alguna cabra hasta otra calle desconocida. Las cabras balaban inquietas si las importunábamos, pero ¡nunca!, ¡nunca! conseguimos que una cabra se perdiera y no supiera llegar a casa.
      En Fortanete, una mujer contó que siendo niña vivía en una de aquellas masías del Maestrazgo. En una ocasión en la que se suponía que estaba al cargo de unas ovejas que pastaban alejadas de la masía, se echó encima una niebla espesa que desorientó completamente a la niña. Según contaba, las ovejas no solamente le guiaron hasta la masía, sino que hasta se esperaban para que la niña les siguiera.
      Obviamente, las caballerías se conocían los caminos que iban a casa y a los campos en los que solían trabajar. Este conocimiento de los animales era aprovechado por los labradores sobre todo en tiempo de cosecha, cuando se andaba siempre falto de sueño y se tenía que “carriar” por la noche. Entonces, para no dormirse,  iban andando por los caminos principales, pero cuando las caballerías ya no podían equivocarse por conocer una sola alternativa en los cruces que quedaban, los labradores ya se podían montar en el carro y faltos de sueño como estaban, quedarse dormidos, mecidos por los movimientos del carro al ritmo que marcaban los andares de las caballerías. Algunos me cuentan que aparecían en otro campo en el que no había ningún trabajo que hacer y los labradores lo achacaban a que las caballerías eran muy tontas, o se pasaban de listas, que nunca se sabe. Pero me parece que se debía a que quién las tenía que conducir se había dormido antes de tiempo, antes de llegar al último cruce en el que las caballerías pudieran equivocarse. Había otro caso en el  que tampoco se debía dejar a las caballerías  la responsabilidad de avanzar sobre un camino: cuando había que cruzar sobre un paso a nivel.

Vista general de Samper de Calanda. Archivo fotográfico del CEBM

      Cuando escribo esto estamos acostumbrados a la conducción de vehículos a motor que obedecen ciega, mecánicamente para se exactos, al conductor, aunque se trate de un conductor soñoliento, borracho o simplemente temerario, que avanza a gran velocidad hacia el desastre. O al tractorista confiado,  que se acerca mucho a un ribazo con fuerte desnivel donde el terreno puede ceder,  y los vehículos a motor chocan o vuelcan provocando grandes daños y sobre todo muchas víctimas. Con las caballerías ese tipo de accidentes no pasaban, entre otras cosas porque el conocimiento o el instinto de los animales no consentían cierto tipo de errores a los labradores que los conducían. A veces había que pasar por algún lugar que podía parecer peligroso a los animales. En esos casos se les tapaban los ojos, con lo que quedaban completamente a merced del labrador. Algo de eso podemos ver hoy en lo que para unos es fiesta, arte y colorido, y para otros crueldad y tortura de unos animales, pero que si no fueran negocio para algunos ya habrían desaparecido hace tiempo: las corridas de toros, en las que al caballo del picador se le tapan los ojos. Por cierto, que cuando las caballerías giraban alrededor de una noria, también se les tapaban los ojos para evitar que se mareasen. Pero vamos a lo nuestro, que aquí hemos dejado a las agotadas mulas Pastora y Leona intentando subir con un remolque sobrecargado la cuesta de Val Primera.
      Por la forma de tirar de la Pastora me di cuenta de que no sólo conocían el camino, si no que conocían cada guijarro de los que había en el suelo… y  también la carga que llevaban.
      Me cuentan que en ocasiones, cuando se cargaba un carro, la caballería de varas daba pequeños tirones para tantear la carga que ponían en el carro. Y en el trayecto que llevaban recorrido, habían tenido demasiadas oportunidades de tantear la carga que llevaban. Las caballerías también conocían la fuerza y las posibilidades de las otras caballerías con la que tiraban conjuntamente.
      Conociendo la cuesta que tenían que subir, la carga que llevaban y también la entrega al trabajo de la Leona; la Pastora, por tener más edad, más astucia, seguramente por haberse agotado menos en el camino recorrido hasta entonces o quizá porque iba delante y ya le faltaba menos para llegar al final de la cuesta, se había hecho cargo de la situación y tiraba decidida a subir con toda la carga la cuesta de Val Primera.
      Una Pastora desconocida para mi, muy inclinada hacia delante y con el cuello alargado, como si quisiera llegar con la cabeza al final de la cuesta y la collera no dejase avanzar al cuerpo, tiraba con rabia al tiempo que con unos ojos alocados miraba furiosa al final de la cuesta a la que tan trabajosamente se acercaba con unos pasos ahora cortos, muy cortos, pero seguros. Los tirantes de los que tiraba la Pastora parecían haberse estirado y a cada paso que daba la mula gruñían por la tensión a la que se veían sometidos. Por un momento temí que los tirantes se partieran con lo que la Pastora hubiera salido disparada hacia arriba y la carga hubiera arrastrado a la Leona al fondo de la Val si no se “piaba” rápidamente el remolque. Pero eso no ocurría y la Leona, notando que cuanto mayor era la pendiente de la cuesta, la mayor parte del esfuerzo lo hacía la Pastora, aún se crecía y sacando unas fuerzas de no se dónde, adaptaba sus pasos a los cortos y seguros de la Pastora para que el avance de la carga, aunque lento, fuese siempre perceptible. Mientras tanto, mi padre no cesaba de arrear a voces a  las mulas y de restallar la tralla como si detrás de ellas, en el fondo de la val, estuvieran aullando todos los demonios de las caballerías. Teniendo en cuenta que era perfectamente posible que fracasasen en el intento de subir la cuesta, mi padre llevaba en la mano una piedra con la que “píar”el remolque si se detenía en plena subida. Había que evitar a toda costa que la carga cayese al fondo de la val arrastrando además a las desfallecidas caballerías; pero mi padre estaba muy ocupado arreando a una u otra mula para obtener lo mejor de cada caballería y evitar que esa situación pudiera darse.
      Hay que tener en cuenta que  no había dos caballerías iguales. Que las aptitudes y también las actitudes de cada caballería podían ser muy diferentes en cada situación. Al labrador que las manejaba correspondía arrearlas adecuadamente para obtener lo mejor de cada una en cada situación, para que se complementasen sus cualidades y para administrar el esfuerzo adecuadamente a lo largo del trabajo que tenían que hacer.
      Me cuentan que en una ocasión, en el “Molinico Tolo”, un camión que había descargado olivas no se ponía en marcha al fallarle la batería. Con varias caballerías intentaron subirlo hasta la carretera y aprovechar la pendiente para arrancarlo, pero las caballerías que había allí no podían subirlo. Fueron a buscar un par de mulas especialmente grandes y poderosas, pero quién las mandaba no consiguió que tirasen de la forma progresiva y coordinada que aquél trabajo requería. No, las mulas que tiraron de forma brusca y descoordinada consiguieron romper algunos aparejos, además dejaban de tirar cuando percibían que la carga no avanzaba como ellas pretendían, y tampoco pudieron subir el camión por la cuesta. Medio por apuesta fueron a buscar un burro que tenía especial fama de fuerte y trabajador. Engancharon al burro, solamente al burro, al camión y cuando comenzó a tirar, el animal percibió que el camión avanzaba algo con lo que el burro continuó con el esfuerzo, jaleado por todos los que estaban allí. Con pasos cortos y esfuerzo continuado, el burro consiguió subir el camión un buen tramo de cuesta, suficiente para ponerlo en marcha. Seguro que aquellos camiones no eran tan grandes como los actuales, pero por lo que me cuentan, el burro también era un animal singular, especialmente grande para ser un burro. Era también fuerte y sufrido como los de su especie: el burro que fue del “tió Mimbrero”. Pero...¡Cómo me enrollo! Aquí seguimos estando pendientes de las mulas Pastora y Leona, que no se de dónde han sacado fuerzas. A ver si consiguen subir la cuesta de Val Primera y ya no pienso salirme del tema hasta que consigan subir, o hasta que revienten intentándolo.
      Era extraordinario ver el trabajo de las mulas, inclinadas hacia delante, con unos ojos rabiosos que parecía que se iban a salir de sus órbitas, tirando furiosas de la carga, dando pequeños pasos y manteniendo el tiro hasta poder dar el paso siguiente. Pero lo realmente impresionante era el ruido que ese trabajo provocaba: el ruido de los cascos que golpeaban fuerte en el suelo para que no resbalasen, el gruñido de los “frazaletes” 42 y de los tirantes de la Pastora que transmitían la fuerza de las mulas hasta la carga, los gritos y los trallazos que daba  mi padre, que  se desgañitaba jaleando a las mulas (¡HALA, HALA, HALA PASTORA MULAAAA! ¡ARREE LEONAAAA). Y la respiración, sobre todo la respiración  sincronizada y a la vez increíblemente forzada de las caballerías que me recordaba a las antiguas locomotoras de vapor, y que me hizo temer que eso de reventar a una caballería no se dijera en sentido figurado.
      Se suponía que yo tenía que estar agitando los brazos y gritando para estimular a las mulas, pero lo cierto es que cuando percibí el esfuerzo de las caballerías me asusté y, o no era capaz de gritar, o mis gritos no los escuchaba ni yo mismo. Allí estaba yo impresionado por el colosal esfuerzo de esos animales que el diccionario define como bestias. Impresionado  como estaba por el esfuerzo de las mulas, de pronto vi que por encima de la Pastora que tiraba furiosa de la carga, empezó a aparecer majestuosa y solemne la figura del Calvario. Lo peor de la cuesta ya había pasado, y las caballerías bajaron el ritmo de trabajo, que tampoco hubieran podido mantener. La Pastora ya no miraba fijamente al final de la cuesta, más bien su cabeza oscilaba como si estuviera mareada por el esfuerzo y fuera a desplomarse, pero ahí estaba la Leona que otra vez mantenía el esfuerzo suficiente para seguir avanzando por lo poco que quedaba de la pendiente. Para entonces, de la boca de las mulas colgaba una baba espesa que hacía más evidentes sus desesperados esfuerzos por respirar. Hubo un momento en el que no se sabía qué se acabaría primero, si la cuesta o la fuerza de las caballerías. Pero lo cierto es que el remolque en ningún momento dejó de avanzar y, animadas por mi padre, las caballerías llevaron la carga hasta el punto más alto de la cuesta, en el que el Calvario aparecía ya al alcance de la mano. Hasta llegar a casa ya era todo cuesta abajo.
      Mi padre dejó de arrear a las caballerías. Entre satisfecho y aliviado tiró la piedra que había llevado por si era necesario “piar” el remolque. Detrás del remolque aplastado por la carga, quedaba Val Primera. Eché una mirada furtiva sobre la val y aquellas cuestas que, como una horrible pesadilla, seguían dando miedo después de haberlas pasado.
      Habían subido la cuesta con toda la carga, lo había visto yo. De no haberlo visto, difícilmente lo hubiera creído, sabiendo cómo estaban de agotadas las mulas cuando comenzaron a subir. ¿Cómo habían podido llegar hasta allí las caballerías? ¿No estaban exhaustas hace un momento en el fondo de la val? ¿Cuál era el límite de las caballerías? Desde luego que los trozos de pan con vino, en una dosis más que medida, les habían transformado. Por lo pronto les había dado el atrevimiento suficiente para encarar la cuesta, que lo primero que hace falta para vencer alguna dificultad es intentarlo. También les había dado algo de energía,  que falta les había hecho.
      Encima de la cuesta ya se podían ver hasta pequeños detalles del Calvario. Todos sabíamos que hasta llegar a casa era prácticamente todo el camino cuesta abajo. Pero las mulas no expresaron ninguna satisfacción, se les veía especialmente agotadas y tristes, como si el esfuerzo hubiera sido desproporcionado para tan tibia recompensa. Como si no hubiera valido la pena pagar tan alto precio para conseguir un éxito tan relativo. Mi padre también estaba más aliviado que contento. Estábamos asistiendo al final de una época, no era fácil encontrar motivos para la alegría. Pocos años antes, para recolectar esa cantidad de trigo que transportaban las caballerías, entre segar, carriar, trillar y aventar, hubieran sido necesarios varios días de trabajo de las caballerías y 4 ó 5 personas. Si se hubiera trillado en el monte se hubieran hecho dos o más viajes para llevar el grano y volver con recado. Pero entonces en  2 ó 3 horas la cosechadora lo había recogido y en un sólo viaje las caballerías habían sido capaces de llevar todo el grano a casa.
      Unos años antes, traer desde el monte en un solo viaje tanto grano con dos caballerías hubiera sido una valentida digna de ser contada y de ser puesta como referencia para otros labradores. Pero entonces, el hecho de que hubieran podido subir la cuesta con toda la carga, más que un éxito, era la constatación de los límites de las caballerías, que  de ninguna manera podrían competir con el ritmo que marcaban los tractores y la mecanización agrícola.
      Como merecido premio al colosal esfuerzo que habían hecho las mulas, ya en la partida de la Bocamina, el camino empezó a descender suavemente y la carga ni se resistía al avance ni avasallaba a la Leona. Las mulas, aunque tristes, humilladas y con el paso cansino, continuaron andando hacia el pueblo. Pese al estado de las caballerías y teniendo en cuenta lo favorable del terreno, creo que podemos dejarlas un momento. Mientras a su ritmo se acercan al pueblo,  pasamos a considerar algunos condicionantes socioeconómicos a los que tenían que enfrentarse los labradores en aquella agricultura en la que los tractores desplazaban a las caballerías.
   
      Por lo que he visto y por lo que deduzco, cuando escribo esto tengo la impresión de que a mi padre, la llegada de la mecanización le había pillado con el paso cambiado y no sé si decir que afortunadamente, puesto que de no haber sido así, yo no hubiera conocido el trabajo de la tierra con caballerías. Claro que entonces tuvo que ser un gran inconveniente. Cuando él ya no era joven, cuando con mucho trabajo se había hecho a la agricultura con un par de mulas tan buenas como la mejores, resulta que la agricultura con caballerías eran cosa del pasado.
      En su juventud, al terminar la mili, un hombre podía y en cualquier caso tenía que asumir su modo de vida, entonces todos sus condicionantes le llevaban a trabajar la tierra. Otra alternativa era impensable, siendo el mayor de los hermanos varones. Hubiera sido desentenderse de los suyos, de su padre viudo y ya mayor (entonces se envejecía mucho más rápido que cuando escribo esto y  trabajar la tierra con caballerías era cosa de jóvenes), de su hermano Salvador que le seguía en edad y que andaba flojo de salud, del pequeño Rafael que a sus pocos años ya había dejado la escuela para ganarse el pan cuidando un pequeño hato de ganado. Sus hermanas ya estaban casadas, pero entre los condicionantes de ellas también había estado el madurar deprisa  al faltar tan pronto la madre.
      Hay que tener en cuenta que, al contrario de lo que ocurre en otras partes, en esta tierra la norma ha sido que los padres mantienen la titularidad de las propiedades hasta su muerte. Después se reparten a partes iguales entre todos los hermanos y, desde luego, siempre había estado claro que difícilmente todos los hermanos podrían dedicarse a la agricultura.
      Compaginando todo lo dicho, ya después de casado, había trabajado una temporada en “LA CALVO” 43, pero el jornal era tan exiguo que para poder comer una familia tenían que dedicarse a la agricultura u otra actividad a tiempo parcial. También había sido guardia de la “HERMANDAD”44, pero además de que el jornal era pequeño, si después de su jornada de trabajo como guardia le veían trabajando en su tierra, algunos pensaban que hacía dejación de sus obligaciones. Además se tenía que ver en alguna situación muy incómoda. Cuenta que en una ocasión, ejerciendo de guardia, se encontró con unos gitanos que llevaban grandes sacos de hierba que habían segado por ribazos y brazales. Hasta aquí sin problemas, puesto que esa hierba que había de ser forraje para sus caballerías, además de  silvestre no era propiedad de nadie. Pero les hizo vaciar los sacos y entre la hierba aparecieron dos remolachas que habían cogido de algún campo. Hubo denuncia y los gitanos tuvieron que pagar una multa. Por entonces algunos se escandalizaban de lo que se estaba haciendo con la Sociedad de Montes, en la que algunos, despreciando los Estatutos de la Sociedad, labraban hectáreas y hectáreas y a efectos prácticos se apropiaban de esos terrenos. Pero para denunciar eso no había cauce posible. Ni los guardias ni los juzgados estaban para eso. Claro que no eran gitanos ni los vecinos más pobres del pueblo los que se apropiaban de esas sardas labradas. A grandes rasgos eran los más ricos del pueblo, los que tenían caballerías, y sobre todo los primeros tractores cuando llegaron. Eran los ricos del pueblo y eso explica algo. O todo.
      Mi padre cuenta que también dejó el trabajo de guardia y se concentró en la agricultura. La agricultura es incierta y había que trabajar duro, pero con años regulares, malos y alguno bueno acaba produciendo algo y por entonces los productos agrícolas valían mucho. Entonces la agricultura no estaba subvencionada como cuando escribo esto, pero me cuentan que trabajando huerta de otre a medias se podía  ganar más dinero que asalariado en una empresa. Se concentró en la agricultura, trabajando tierras de la familia y de otros,  y no es que le hubiera ido mal, pues se habían hecho una casa, tenían hijos sanos que ni remotamente habían conocido el hambre (si en el posguerra hubieran pillado una cosecha de trigo como la que llevaba ahora a casa con las caballerías, él tampoco hubiera visto el hambre tan de cerca) y ¡quién se lo iba a decir!, hasta podían tener beca y estudiar en Zaragoza. Pero eso ya no contaba, y ahora que se había hecho a la agricultura con unas mulas tan buenas como la mejores, resultaba que las caballerías no tenían ningún futuro.
      No había comparación posible entre el trabajo que hacían los tractores y el que podían hacer las caballerías. Por entonces se supo que en una de las casas de labranza más grandes del pueblo, varios tractoristas se habían turnado día y noche para mantornar45 las huebras46. Sólo paraban para repostar y en pocos días habían hecho tanta faena que era imposible imaginar ese trabajo hecho con caballerías. ¡No había comparación posible!
      Las extenuadas caballerías seguían acercándose al pueblo y pensaba yo que, de todas formas, nadie nos quitaría la satisfacción de pasar frente al  Calvario con toda la carga, tan lejos que estaba cuando mi padre me lo había señalado en el Plano de los Migueles, tanto peligro para bajar unas cuestas, tantísimo esfuerzo para subir otras. Muy pronto dejaríamos atrás el Calvario; pero por el camino de la “Tierra Baja”, que se junta muy cerca del Calvario con el que nosotros llevábamos, venía como una exhalación un tractor con un remolque también lleno de sacos de grano. Como venía por un camino diferente y llegó a la confluencia de caminos antes que nosotros, el tractorista no debió vernos, pero nosotros si vimos que llevaba unas tres veces el grano que nosotros llevábamos y que la velocidad también era 4 ó 5...ó 10  veces mayor que la nuestra... Por poner una comparación, que la verdad, ¡No había comparación posible! Cuando pasamos frente al Calvario, las caballerías y nosotros tuvimos que atravesar la nube de polvo que había dejado el tractor a su paso.

Abrevadero de caballerías en Samper de Calanda. Archivo fotográfico del CEBM

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CITAS:
39 Expresión que se usa por esta tierra para decir que da igual, que no tiene importancia, reminiscencias de la Lengua Aragonesa que se habló hasta no hace tantos siglos. Más purista debe ser la expresión “IXO RAY” que ha dado nombre a un grupo musical aragonés.
40 Se trata del ferrocarril que iba de la Puebla de Híjar a Tortosa por Alcañiz, se cerró poco después de este episodio, en 1973. La Torica era una pequeña locomotor de vapor que movía los trenes por esta línea de ff cc.
41 En el vocabulario local, poner un obstáculo delante de la rueda de un vehículo para que este no ruede por una pendiente.
42 Tiras superpuestas de cuero grueso que había en la collera en las que se enganchaban las varas del carro o los tirantes.
43 EMPRESA NACIONAL  CALVO SOTELO, hoy es ENDESA.
44 HERMANDAD DE LABRADORES Y GANADEROS, era el pomposo nombre que en los sindicatos verticales del franquismo agrupaban a la agricultura y ganadería. En la transición se convirtieron en las Cámaras Agrarias.
45 Segunda labor que se da a la tierra. Aparece en el Diccionario de voces aragonesas de JERÓNIMO BORAO que editó  EL DÍA DE ARAGÓN.
46  Terreno ya labrado. Aparece en el Diccionario de voces aragonesas de JERÓNIMO BORAO que editó  EL DÍA DE ARAGÓN.