Pastora y Leona - Las caballerias superadas por los tractores

Por Miguel Gracia Fandos

CAPÍTULO III
LA SIEGA ANTES DE LA MECANIZACIÓN


      Mi niñez, los años 60 del siglo XX, coincidió con la rápida sustitución de la fuerza muscular de las caballerías por la fuerza de los motores. Pero decir que la mecanización fue simplemente  sustituir la tracción animal por tractores sería cuando menos simplificar el fenómeno, puesto que los avances más espectaculares se produjeron en la recolección de los cereales, que entonces era la actividad que más tiempo requería en aquella agricultura de subsistencia. Tan espectaculares y eficaces fueron los cambios en la recolección de cereales, que se fueron abandonando otros cultivos como la vid y el olivo cuya recolección no se podía hacer mecánicamente y, lo que fue peor, se dio la espalda a la huerta en la que por los problemas sociales que se planteaban, no se hicieron las reformas necesarias en las parcelas, en los caminos, en las conducciones de agua, y en los sistemas de riego  para adaptarse a las nuevas formas de trabajo de la tierra que la mecanización de la agricultura trajo consigo. Pero no quiero salirme del tema, y de la huerta, si viene a cuento, ya se tratará más adelante.
   
      Mis primeros recuerdos, y experiencias, en la recolección de cereales consisten en:
      La siega que se hacía con la segadora-gavilladora que arrastraban las caballerías. Unos rastrillos giratorios hacían que la mies segada se recogiera en un tablero hasta que se accionaba una palanca para que uno de los rastrillos barriera el tablero y dejase la gavilla de mies en el suelo. El manejo de la máquina de segar tirada por caballerías, y el manejo de caballerías en general, lo hacían hombres en su plenitud. Si el bancal era grande o en casos excepcionales las manejaba una mujer o un joven.

      Atar la mies en fajos. Cuatro o cinco gavillas colocando la parte de las espigas de forma alterna para que fuese más estable.  Se ataban con un fencejo (cuerda de esparto) y hacían un fajo. En este trabajo participaba el grupo de gente más variado que se pueda imaginar: personas mayores como los abuelos que no podían moverse tan rápido, se encargaban de atar los fajos, chicos jóvenes y mujeres  llevaban las gavillas… Quién esto escribe, por entonces, no tenía el tamaño ni la fuerza suficiente para manejarse mucho tiempo con las gavillas, pero ya tenía la edad suficiente para llevar los fencejos y colocar cada uno cuándo y dónde se le indicara. Por cierto, que las puntas de los fencejos tenían que estar mojadas para que cuando se secasen el nudo no resbalase. De que estuvieran las puntas mojadas, y de llevar el botijo con el agua para beber también me encargaba yo. En la cuadrilla, esencialmente familiar, en la que participé con mis pocos años, solía atar los fajos el tio24  Jesús, un viejo enjuto, fibroso y de muy buen carácter, que antes de comenzar el trabajo se ponía unos manguitos para protegerse los brazos del roce de la mies y no estropear las mangas de la camisa. El tío Jesús no era de la familia, recuerdo que éramos vecinos allá por el Barrio Bajo, pero evidentemente había sido, y seguía siendo, un hombre muy trabajador que con sus muchos años, ayudando a mi padre cuando más faena había, se sacaba algún dinero (entonces, para estos viejos no había ningún tipo de pensión) con el que llevar como mejor pudiera  la vejez suya y la de su mujer, la tía Josefa, que andaba un poco peor de salud, y por quién (no quiero dejar de decirlo) su marido, el tío Jesús, se desvivía. Pero continuamos con lo nuestro, que aquí estamos atando los fajos de mies.  Cada 30 fajos se agrupaban en un “fascal”.

      Demasiadas veces ocurría que por falta de lluvias las matas de cereal eran demasiado pequeñas y escasas para atarlas en fajos. En esos casos las gavillas simplemente se amontonaban.

      Carriar.   Supongo que será una contracción de acarrear, pero así se llamaba el trabajo de llevar la mies desde el campo a la era para trillarla. Este trabajo solía hacerse por la noche para poder trillar por el día. No vi cómo lo hacían, pero me cuentan que en un carro cuya plataforma de carga podía tener una superficie de 2 metros cuadrados, se llegaban a cargar  hasta dos fascales y medio (setenta y cinco fajos). Para ello en los laterales del carro se ponían los pegueros, unos palos con punta afilada en los que se clavaban fajos de mies, y las pulseras, fajos que se ataban al carro para ensanchar la superficie sobre la que colocar sucesivas capas de fajos, que a su vez tenían que estar atados entre sí para evitar que con los movimientos del carro cada fajo se fuese por su punta y la carga se desmoronase.

Mas del Aljibe, en Samper de Calanda. Vista general. Archivo fotográfico del CEBM
Hogar del Mas del Aljibe. Archivo fotográfico del CEBM

Claro, que el volumen de un carro cargado de esta forma era muy considerable, y su estabilidad dejaba mucho que desear, sobre todo teniendo en cuenta las profundas roderas que inevitablemente se formaban en algunos caminos con las estrechas llantas metálicas de los carros de entonces. No era raro que algún carro volcase. Como entonces había mucha gente haciendo los mismos trabajos, la ley de la buena vecindad obligaba en esos casos a dejar la prisa a un lado y ayudar a quién se encontrara en semejante trance que, nunca mejor dicho:

      “arrieros somos y en el camino nos encontraremos”.

      En caso de que la mies se hubiese amontonado por ser de mala calidad, para carriar, se ponían unos cañizos en el carro para aumentar el volumen de carga, y se pisaba la mies para que ocupase el menor sitio posible.            
   
      Trillar.  Trillar era triturar la mies, y romper las espigas para que soltasen los granos de cereal. La parva era la mies que en forma circular se extendía en la era para trillarla. Las parvas solían ser de 4 a 7 fascales. El trillo, como yo lo conocí, consistía en varios ejes con ruedas de hierro  dentadas sobre los que había una plataforma sobre la que en ocasiones recuerdo haber conducido a las caballerías que lo arrastraban. Naturalmente que conducir las mulas dando vueltas sobre la parva, y trillar todo por igual requería cierta habilidad. Para que debajo no quedase mies sin trillar había que girar la parva con la horca en varias ocasiones. Y cuando ya estaba medio trillada la mies, también se le ponían unos ganchos al trillo que removiendo la parva sacaban a la superficie la mies menos trillada. Trillar cada parva podía costar de 3 a 6 horas dependiendo del calor que hiciese, y por supuesto de la cantidad y calidad de la mies.
      Una vez trillada, la parva se recogía con la plegadera, una tabla de unos tres metros de anchura arrastrada por una caballería, y con la horca pajera se hacían montones lo más altos posible para que ocupasen poco sitio en la era y en caso de lluvia se mojara la menor superficie posible. Se amontonaba en un extremo de la era a la espera de que algún día hiciese algo de viento para poder aventarla y separar el grano de la paja. Por ser de varios campos y en la mayoría de casos por tener que rendir cuentas a diferentes dueños de la tierra, si no venían días de viento se llegaban a poner muchos montones en la era, disminuyendo el espacio útil de las mismas.
      La transmisión y en algunos casos la partición por herencia de las eras, era motivo de frecuentes litigios por las servidumbres de paso a las diferentes partes de la era (en la que no se podían poner referencias fijas para no crear zonas muertas), y desde esas partes al pajar que respetar, y en algunos casos definir.
   
      Aventar. Los días que hacía algo de aire se aprovechaba para aventar las parvas trilladas, es decir, separar el grano de la paja. Con las horcas de madera (hechas con  ramas de latonero a las que de jóvenes se les daba la forma adecuada) se separaba del montón de mies trillada una porción de la misma. Esa porción de mies se llamaba “mano” que podía se más o menos grande dependiendo de la gente que estuviera para aventar,  la mies trillada se lanzaba con las horcas hacia delante, y más o menos hacia arriba dependiendo de la fuerza del aire. Lanzando la mies a lo largo de un pasillo de varios metros de longitud, el viento se iba llevando la paja mientras que los granos, mucho más pesados, caían en el mismo lugar. Tras aventar cada mano, el cereal que quedaba más o menos limpio en el suelo se recogía con el retabillo (tabla horizontal de un metro o poco más de anchura y con un mango más largo con el que se amontonaba el grano o la paja en la era). Con una pala de madera para recoger el grano y pequeñas pajas que las horcas no recogían  se volvía a aventar  en dirección contraria al viento (a favor del viento ya se iba la paja), con lo que a una parte del pasillo se llevaba el viento la paja, y a la otra se amontonaba el grano ya limpio. Bueno, limpio del todo no, aún había que cribarlo para separar la granza. Después sí, después ya sólo quedaba meter el grano en sacos o talegas y llevarlo a casa.        
   
Agricultores "cribando" en la era, Archivo Ino Mosso
Agricultores "tendiendo la parva" en la era. Archivo Ino Mosso


      Llevar el grano a casa era la culminación de la cosecha. Para mejor proteger las exiguas cosechas de entonces de las humedades y otros peligros que podían estropearlas se almacenaban en la parte más alta de la casa, los miradores. O sea, que lo normal era tener que subir tres pisos cargado con los sacos. Teniendo en cuenta que un saco podía pesar de 50 a 80 Kg. era un trabajo para hombres fuertes, (a falta de gimnasios eran esos trabajos los que hacían a los hombres fuertes). Los viejos o los pequeños podíamos estar encima del carro para preparar los sacos a quién tuviese que subirlos hasta el mirador. Quien esto escribe, que no debía ser muy grande para entonces  recuerda haber subido algún viaje con algún saco pequeño. Los hombres de la misma calle solían ayudarse si se encontraban al vecino descargando, aunque según me cuentan también había casos de algunos, los más ociosos, que se esfumaban al menor atisbo de que llegaba algún carro con sacos para descargar (de todo tiene que haber en la viña del Señor). Subir la cosecha al mirador era un trabajo pesado pero se hacía muy a gusto. Después de haber subido  todos los sacos al mirador  a los hombres que habían participado se les invitaba a unas pastas o algo dulce y a una copica de anís u otro licor para reponer fuerzas. Entonces se solía hablar de la cosecha,  generalmente de lo buena que hubiera sido si hubiera llovido a tiempo, aunque rápidamente se pasaba a cosas más concretas como por dónde iba el ador en la huerta y, rápidamente, se iba cada cual a su faena, que en tiempo de cosecha había poco tiempo para tertulias. No, los meses de cosecha no era tiempo de tertulias sino de jornadas larguísimas en las que las horas de calor se aprovechaban para trillar, el fresco de las noche y de la madrugada para carriar, también había que regar si tocaba el ador en alguna parcela de regadío, estar al tanto de los temperos y de las faenas de la huerta (de estas faenas solían encargarse los viejos puesto que las distancias y los esfuerzos son menores)… Si hacía aire había que aprovecharlo para aventar, y todo ello en el menor tiempo posible, y siempre temiendo lo peor en aquella época del año: las tormentas de verano, sobre todo si eran de granizo:

      “El granizo empobrece, pero no encarece”

Eso se decía entonces, puesto que las granizadas que podían malograr la cosecha que no estuviese segada, afectaban solamente a algunos parajes, mientras que si por sequía u otras causas había poca cosecha, entonces era por lo menos toda la comarca la que se veía afectada.  Lógicamente los precios de la cosecha escasa subían; y aunque las tormentas  sólo fuesen de agua en el menos malo  de los casos, retrasaban la faena, y las parvas que pillaban tendidas en la era había que removerlas para que se secasen lo antes posible y evitar que con la humedad se grillase el grano, y se perdiera parte de la cosecha.
      El tiempo de cosecha era tiempo en el que se enlazaban agotadoras jornadas de trabajo. El trabajo de las caballerías durante la cosecha no solía requerir tanto esfuerzo instantáneo como cuando se labraba, pero larguísimas jornadas de trabajo que a veces se encadenaban sin solución de continuidad bajo el sol aplastante de julio, los cierzos, los bochornos..., hacían que las caballerías estuviesen al final de verano además de cansadas, enjutas y fuertes. Y los labradores... los labradores no llevaban un ritmo más relajado que las caballerías. Con la faena que los reclamaba en tantas partes a la vez y siempre escasos de sueño. Acuchillados  de trabajar es la expresión que se usaba para designar a aquellos labradores jóvenes, enjutos, cansados y quemados por el sol. Me cuentan de  algún hombre más bien joven, aunque fuerte, que sin ningún síntoma externo caía enfermo. Extraña enfermad debía ser esa que se curaba completamente en uno o dos días de comida abundante y dándole al cuerpo el sueño que reclamaba.
   
      Cuando se trabajaba  la tierra con caballerías, distancias que hoy acostumbrados a los vehículos a motor nos parecen cortas, costaba mucho tiempo y esfuerzo recorrerlas. La población estaba mucho más dispersa, y en el monte se habían acondicionado cuevas y construido Mases en los que refugiarse personas y caballerías el tiempo que duraban las faenas por aquellas tierras alejadas del pueblo. Para simplificar el trabajo de carriar, en los parajes lejanos del pueblo se solía trillar la mies en el monte. Cuando escribo esto se pueden ver los restos de muchos Mases por todo el monte, más bien las ruinas de muchos Mases, y al lado la era donde se trillaba la cosecha. Si se trillaba en el monte, el tiempo que duraba la trilla se hacía vida en los Mases, y los miembros de la familia del labrador que podían ser útiles se desplazaban al monte. Abuelos que ayudaban en lo que podían. Mujeres que además de dar gavillas, trillar, aventar, cribar y lo que viniera, tenían que preparar comida para todos. Chicos jóvenes que ya podían hacer algo y  algún pequeño que no podía hacer nada pero que en ninguna parte estaría mejor que cerca de sus padres. Ese debió ser mi caso. Según cuentan, tendría 2 ó 3 años cuando estando en época de cosecha en el Mas del Aljibe, aparecí un día con los síntomas del sarampión. Mi padre cuenta que en un viaje que hizo a traer grano al pueblo y a llevar recado25 preguntó a D. Miguel, el médico,  lo que convenía hacer, -evitar que le de el sol-, dijo el médico, y  al día siguiente ya habían desaparecido los síntomas.
      Cuando se trillaba en el monte se simplificaba el trabajo de carriar, pero también tenía sus inconvenientes, había que preparar recado: pan, patatas, aceite, judías, algo de carne, y en definitiva lo necesario para poder vivir en el monte. En la práctica había que hacer frecuentes viajes al pueblo con las caballerías y el carro para traer el grano recogido hasta entonces y llevar recado. Y la paja, que entonces era también muy importante por ser necesaria para el mantenimiento de las caballerías, sobre todo en invierno, que no había forraje, por lo que si se trillaba en el monte, se dejaba en el Mas paja para las caballerías cuando hubiese que labrar, y el resto se llevaba al pajar que estaba en el pueblo.
  Pese a todo, el principal problema para la estancia y el trabajo en el monte podía ser proveerse de AGUA para las personas y para las caballerías. Cerca de los Mases podemos ver también balsetes más o menos deteriorados con sus pilas labradas en piedra en las que se echaba el agua para que abrevasen las caballerías, y con sus agüeras hoy muy erosionadas que conducían el agua de lluvia de alguna ladera próxima hasta el balsete. Pero el AGUA, que no siempre era abundante y buena en los balsetes y pozos del monte, ha costado tantísimos trabajos y esfuerzos a nuestros mayores que su problemática se tratará con más amplitud en el capítulo que se le dedique expresamente.
   
      Hasta ahora se ha descrito la recolección de la cosecha de cereales según mis primeros recuerdos y antes de la llegada de los tractores, pero para entonces la siega ya se hacía mecánicamente aunque fuese por una máquina arrastrada por caballerías. De hecho, entre la siega a falz y la segadora-gavilladora, se segó la mies con Dalla, con la que un segador podía segar mucho más que con la falz, pero requería movimientos muy coordinados del dallador y  mantener el filo en buen estado, “picar la dalla,” en el mismo campo. Todos los segadores no llegaron a manejar adecuadamente la Dalla. Otro avance considerable fue el trillo de varios ejes con muchas ruedas de hierro dentadas que daba mucho más rendimiento que los anteriores de tablas en las que se insertaban piedras de sílex. La cosecha, tal como la pude conocer en mis primeros años, era ya muy diferente de la que habían conocido mis abuelos. La propia existencia del carro que aunque no fuese una innovación tecnológica puesto que con fines militares ya se había utilizado desde hace milenios, en la agricultura de esta comarca no se empezó a utilizar hasta comienzos del siglo XX.
      En aquellos tiempos en los que ya participaba de los trabajos de la cosecha tendiendo los fencejos para atar los fajos, cuando parábamos a comer a la sombra de un Mas o de algún árbol para guardarnos del fuerte sol del verano, el tío Jesús solía hablar de lo bien que se trabajaba y vivía en aquella época, que ya se paraba a comer en una sombra, que se comía carne y todo, y hasta se dejaba un rato para descansar o echar una pequeña siesta... En su juventud..., en su juventud si que era duro el trabajo de la siega, cuando se segaba a falz26 en cuadrillas de segadores, en jornadas “de sol a sol”. Los segadores estaban en el campo cuando el sol salía, y hasta después de que se pusiera, lo que supone más de 15 horas diarias. El poco tiempo que se paraba a comer se pasaba en el mismo rastrojo, bajo el sol de verano. La comida no era precisamente abundante. Si había algo de carne era un trozo de tocino, aunque varias veces a lo largo de la jornada, coincidiendo en muchas ocasiones con las horas de algún rezo (el más conocido es el ángelus, a las doce del mediodía) se paraba un momento a comer algo (me dicen que el “bocadico del ajo” era a media mañana) y se pasaba el tonel con vino. Ese vino recio que producían estas tierras resecas que se aproximaba a los 20 grados de alcohol. Un vino que hoy hasta a los que nos gusta un vino recio, nos parece excesivo para beber en las comidas. Pero hay que hacer una matización: aquél vino no es que se bebiera en las comidas, no, no, aquél vino se bebía más bien... en vez de comida. Después de algún trago de vino también se cantaba alguna jota. No he podido saber gran cosa de las jotas que se cantaban entonces, pero si he sabido que esa jota que he escuchado en ocasiones a Emilio Abadía, amigo de la poesía, la jota, la conversación, la buena mesa, y otras cosas buenas; esa jota, es la que con tanto fundamento cantaban aquellos jornaleros de sol a sol:

“Si se hiciera jornalero,
  si este sol que nos alumbra
se volviera jornalero,
no saldría tan temprano
y andaría más ligero.”

      Cuando escribo esto se me ocurren dos consideraciones en relación con otras realidades ajenas a nuestro tiempo y nuestra cultura:

- Aquellos segadores tendrían mejores condiciones de vida de las que habían tenido algunos esclavos porque tenían más libertad (algo que, como casi todo lo que vale la pena, no se valora debidamente cuando se tiene) pero las condiciones de trabajo que tenían que padecer, seguramente serían peores que las que habían padecido los esclavos antes y en otras culturas.
- El papel de aquél vino que,  bien administrado, por supuesto, les permitía soportar unas severísimas condiciones de trabajo con una escasa alimentación, y no debía ser muy diferente de la que en otro entorno hacen las hojas de coca con algunos habitantes de los Andes. No quisiera con estas consideraciones apartarme del tema que nos ocupa, pero más adelante referiré una prueba de las propiedades casi milagrosas de ese tipo de vino.

      La cantidad de mano de obra que se necesitaba en tiempo de siega era muy grande, y en otros pueblos de la comarca me dicen que venían cuadrillas de segadores de Levante o de Andalucía. Algún viejo a finales del siglo XX se ha quedado sorprendido al tener noticia de que algunos pueblos de esas zonas se han convertido en emporios turísticos, al fin y al cabo... ¿No eran esos pueblos de los que venían las cuadrillas de segadores que trabajando en las condiciones que ya se han dicho, se ganaban el sustento y algún dinero con el que ayudar a pasar el invierno  su gente y ellos, lo que conllevaba criar algún hijo destinado a la misma vida que sus padres?.

      Pero todo esto de la siega  a falz, e incluso de trillar con trillo en el monte, ya me lo han contado. Quién esto escribe,  no lo vio, o no lo recuerda. Otra figura que yo no llegué a conocer aunque por muy poco fueron las espigadoras, que recogían las espigas que habían quedado en el campo después de haber recogido la cosecha. Las espigadoras ya aparecen en la Biblia27, me cuentan que por aquí, hasta casi 1960, eran la mujeres de los pastores las que antes de que las ovejas pagentasen las rastrojeras,  recogían esas espigas con las que poder criar algunas gallinas, o un tocino.
      Yo tampoco lo he visto, pero me cuentan que en ocasiones la cosecha era tan mala que casi no había nada que segar. Pero en aquellos tiempos había que recoger lo que hubiera, el grano, cuanto más escaso fuera, más valioso sería, y la paja tenía entonces gran valor como alimento para las caballerías. En esos casos que tan mala era la cosecha las raquíticas matas de cereales se arrancaban. Supongo que de ahí vendrá la expresión  que he escuchado en ocasiones de alguien que “es más malo que arrancau”28.
      Estas cosas ya han tenido que contármelas. En mi niñez, los años 60 del siglo XX, la mecanización sustituía rápidamente a la fuerza muscular de las caballerías. Los cambios provocados por las nuevas aportaciones tecnológicas en la recolección de la cosecha de cereales fueron tan rápidos que algunas innovaciones quedaron obsoletas antes de que llegaran a asimilarse. Uno  de esos avances fue la segadora-atadora que segaba la mies y la dejaba atada en fajos. Requería mas fuerza, por lo que tiraban de ella tres caballerías en lugar de dos que movían la segadora-gavilladora. Además de la complejidad mecánica de los atadores, los fajos era más pequeños e inestables que los atados a mano, y su uso no llegó a ser muy generalizado. Otro avance fue la aventadora que funcionaba dando vueltas a mano a una manivela que movía un ventilador para provocar una corriente de aire que separase el grano de la paja.

Familia con el trillo. Archivo Ino Mosso
"Trillando y girando la parva" en la era. Archivo Ino Mosso


>> CAPÍTULO IV

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CITAS:

24 Según deducciones de quién esto escribe tío, con el acento bien puesto se era cuando había una relación de parentesco. Tió o tiá era un tratamiento de respeto que se daba a las personas mayores en general.
25  Recado en el habla local. Recado es lo necesario para hacer ciertas cosas, en este caso  vivir una temporada en el monte.
26 Hoz , en Aragonés.
27  Rut 2,3
28 Arrancado en el habla local.

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